• Diario 5 -Buenos Aires, jueves 30 de julio de 2026

Los menores de cincuenta años no tienen idea de las sensaciones que transmite ese afiche.

Los protagonistas de la noche que se anuncia fueron los más encumbrados animadores de una serie de encuentros que se vivieron la Ciudad de buenos Aires entre 1970 y 1982: la famosas «Fiestas».

La expresión puede aducir a muchos significados, pero para quienes vivieron aquella época siendo adolescentes, no hay ninguna posibilidad de error: se trataba de encuentros juveniles para bailar, casi siempre organizados por divisiones de 4º ó 5º año de colegios, con el fin de recaudar fondos para financiar los viajes de Fin de Curso.

Por un lado, las fiesta eran una fuerte competencia de los boliches bailables. De hecho, entre 1975 y 1980, los jóvenes a los que les gustaba salir a bailar un viernes o un sábado podían llegar a debatirse entre el encandilamiento propuesto por los lugares impuestos en la noche porteña, como Mau Mau, Le Privé, Maintenant, Le Club, Sunset y Enamour en Olivos, los de Ramos Mejís Pinar de Rocha, Juan de los Palotes o Crash. Mi Club en Banfield, Aloha y Cocoioc en la Panamericana, Waikiki en San Justo, Walalah en Temperley y tantos otros, frente a la comodidad de estar entre grupos de amigos, conocidos y rostros cercanos en las Fiestas de los colegios secundarios.

La mayor diferencia entre un ámbito y otro era el «clima». Una fiesta, a lo sumo, se procuraba una iluminación básica de relativa intimidad, alguna que otra bola de espejos y ahí paramos de contar. Ni hace falta decir que en ese aspecto, un boliche estaba preparado para desperdigar la mayor espectacularidad posible, en principio a partir de diseños especiales y decoraciones llamativas. Cada uno elegía lo que consideraría su mejor opción para salir a bailar, reunirse con otros, divertirse y apuntar a conquistas.

Es absolutamente importante remarcar que el consumo de alcohol entre los jóvenes de entonces no reflejaba ni de lejos los niveles que se conocen en la actualidad. Sí, en cambio, en todos los ámbitos se fumaba y mucho. Así y todo, ya desde los tiempos de las aparentemente inocentes «fiestas», existían organizadores no tan «heidianos» que trampeaban con la reducción de agua en las canillas de los baños y trabas en ventanas de los salones, en procura de despertar en los asistentes la necesidad de consumir más bebidas.

En las Fiestas, todo tenía sus secretos y sus bemoles, que podrían traer satisfacciones o frustraciones. Para un colegio de varones, organizar un encuentro de estas características y alcanzar el éxito, era necesario un esfuerzo inmenso y sin garantías. Como contrapartida, las chicas lograban bases de 200 personas por fiesta con cierta fluidez.

Los lugares en los que realizaban las fiestas eran siempre salones habilitados que los organizadores alquilaban. Era necesario tener bien establecidas las funciones para los cobros de entradas, el manejo del guardarropas, un buen ojo para mantener la seguridad sin tener que llamar a la policía y el dinero disponible para pagarle al inspector de SADAIC (SADAyC en esa época) que, indefectiblemente, se hacía presente para cobrar un canon, dejando una aún polémica documentación a cambio.

Se encarecían los precios si los organizadores de una fiesta apelaban a los hoteles Sheraton, Plaza, Alvear, Savoy, Castelar, Crillón, Claridge y Libertador, el Círculo Militar o el Jockey Club. Pero los puntos habituales del circuito eran Casa Suiza, Palacio San Miguel, Club Portugués, la Confitería del Molino, los salones en Arenales 1412, Bartolomé Mitre 737, Maza 150 (Asociación Ucraniana “Renacimiento”),
Club Arquitectura, GEBA, Hacoaj, Los Dos Chinos, San Vicente de Paul, Unione e Benevolenza, el Círcolo Italiano y hasta la temida casa de la palmera, de Rivadavia al 100.

Entonces, es el momento de presentar al factor clave de esas citas: el disc-jockey encargado de ir eligiendo y amalgamando discos y otras grabaciones durante la noche. La importancia del prestigio de un DJ en esa época era lo suficientemente influyente como para acarrear a parte del público que, al ver su nombre en los afiches, decidía su presencia en el baile. Efectivamente, los dos nombres más fulgurantes eran los que se observan juntos en el afiche de la Fiesta que se anuncia para el 8 de agosto próximo: Rafael Sarmiento y Alejandro Pont Lezica.

Del mismo modo en que se suele decir que los argentinos son casi 50 millones de ministros de economía o directores técnicos, por entonces se erigían centenares de expertos en el juicio a los selectores y mezcladores de temas musicales que inundaban sensaciones en una pista de baile.

¿Real?

Hoy ya no importa. Ellos habían logrado esa fama, mientras que muchos, no. Tenían su talento y su nombre sobresalía por encima de otros que no traeremos a esta nota. Las fiestas se realizaban no sólo en ese manojo de espacios. Había varios en el GBA y algunos se imponían por su comodidad y amplitud. Pero, a modo de ejemplo, una fiesta en el salón del primer piso de la Confitería del Molino con Rafael Sarmiento, arrasaba.

Alejandro Pont Lezica fue el primero hacer de su marca una organización. Solía enviar a disc-jockeys de su equipo a animar fiestas en su nombre. En 1979, era común circular por las calles de Buenos Aires y ver su nombre por todas partes y comproibar que iba a estar en varios lugares al mismo tiempo. Nunca se conoció que prosperaran denuncias por fraude, pero luego de un tiempo los famosos afiches pasaron a agregar la leyenda «En persona» debajo de su nombre.

Ya en los 80, con una sociedad que cambia radicalmente por tantos motivos que ameritarían compendios enteros, más el fortalecimiento del concepto Disco -muchos montados de manera monumental, beneficiados con mucha inversión, ayudados por miles de tarjeteros trabajando como esclavos por la sola contraprestación de recibir el privilegio de «pertenecer» y bendecidos con habilitaciones aceitadas en cualquier municipalidad, las fiestas y todo intento de hacer negocios con la noche por parte de gente ajena al negocio de la noche, pasaron a ser un recuerdo. Una forma de graficarlo sería que a alguien de la generación siguiente se le ocurriera continuar con la tradición de recaudar organizando bailecitos, recibiría por toda respuesta: «Correte, pendejo. Esto no es para vos».

¿Qué puede significar para algunas personas ir a una «Fiesta» con Sarmiento y Pont Lezica 50 años más tarde?

Amaríamos tener la respuesta antes del evento, pero tiempos son tiempos y les preguntaremos a los asistentes después del 8 de agosto. Y si tienen menos de 50 años, también les preguntaremos si tuvieron alguna sensación personal. Quizás no les resulte una experiencia ajena o extemporánea.








 

 

Carlos Allo

Editor de Diario 5 y Ensamble 19. Productor integral de Radio Clasica.

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