
¿Podría considerarse solamente un recorrido turístico. El nombre habla de un puente poético entre Buenos Aires y Madrid, las ciudades donde Federico García Lorca y Jorge Luis Borges dejaron marcas imborrables, aunque desde universos estéticos y personales casi opuestos.
La llamada “ruta Lorca–Borges” recupera los lugares que ambos frecuentaron en sus estancias en la otra ciudad. En Buenos Aires, Lorca pasó meses entre 1933 y 1934: se alojó en el Hotel Castelar, pasó horas en el Café Tortoni, estrenó obras en el Teatro Avenida, cruzó ideas con Storni, Ocampo, Girondo y hasta con un joven Neruda. Fue una época luminosa y fecunda, donde la ciudad lo abrazó con entusiasmo y él se dejó abrazar.
Borges, en cambio, tuvo una relación más compleja con España. Fue publicado en Madrid cuando todavía no era conocido en su propio país y su vínculo con el idioma castellano —y con ciertas formas de la cultura peninsular— estuvo siempre cargado de tensiones, homenajes sutiles y críticas filosas. Sin embargo, en Madrid, Borges conserva ese estatus de figura valorada, leída y homenajeada.
Por eso esta “ruta” no es sólo una lista de cafés y teatros: es una invitación a caminar la ciudad con una pregunta en la cabeza, a detenerse en las veredas de Avenida de Mayo, a mirar con otros ojos la fachada de un bar o el hall de un teatro. A pensar cómo dos poetas tan distintos compartieron un suelo, una lengua y, quizás sin querer, un destino de trascendencia.
Así y todo, está bien resaltar esa conexión el el Tortoni, el Iberia, el Avenida o el moderno Multiteatro, que se presenta al homenaje con la «chapa» del histórico Teatro Smart, más allá de su estado actual. Nadie niega que Buenos Aires siempre tiene justificaciones para detenerse a mirar con otros ojos sus tantas historias. Pero -esta vez- las baldosas, las puertas giratorias, los viejos salones de espejos empañados por el humo de una época se vuelven más poéticas que nunca con semejantes protagonistas.




















































