• Diario 5 -Buenos Aires, jueves 12 de marzo de 2026

Más juegos, menos discurso, y una pregunta incómoda

La Ciudad de Buenos Aires puso en marcha Desafíos Matemáticos, un programa que ya alcanzó a más de 23.000 estudiantes de 360 escuelas —estatales y privadas—, con la promesa de transformar la enseñanza de la matemática “haciendo más lúdico lo que antes era un dolor de cabeza”. La herramienta central es una plataforma digital (Matific), que según la gacetilla oficial viene con bendición internacional: UNICEF la incluyó entre las siete edtech destacadas por su aporte a la inclusión educativa.

Hasta ahí, lo que se cuenta en los comunicados suena razonable: ofrecer cuentas a chicos de 6.º grado y primer año de secundaria, dar recursos y reportes en tiempo real a docentes, y buscar “aprendizajes significativos” poniendo juegos y desafíos como gancho, no es mala idea en abstracto. El subtítulo de la nota —“más lúdica, dinámica y adaptada a los ritmos de cada estudiante”— podría haber sido el lema de cualquier intento bienintencionado de hace una década; hoy la pregunta fuerte es si esos ritmos realmente se están midiendo, si las “dinámicas” logran pasar de la pantalla al pensamiento crítico real, y si no se queda todo en un “gamer” con calificación automática.

El revuelo por la etiqueta internacional sirve para dar piso político: que venga de afuera refuerza el discurso de “innovación” local. No es menor que Matific haya ganado algún reconocimiento —y que lo tenga, en países con fuerte foco en alfabetización numérica y en gamificación educativa, no sorprende: modelos que ponen el problema en clave de reto y usan retroalimentación rápida tienen antecedentes sólidos en experiencias educativas de países como Estonia o en ciertos programas de Asia oriental donde la combinación de tecnología y motivación competitiva se usa para enganchar a los alumnos—, pero la adaptación al terreno porteño merece más que un “ya está alineado con el Diseño Curricular” dicho en la gacetilla.

En cuanto a la formación docentes el acompañamiento no puede ser “te damos la cuenta y andá”. ¿O sí? Si los profesores no entienden cómo usar los datos, cómo intervenir cuando un alumno se atrasa o cómo traducir una mecánica lúdica en comprensión profunda, la plataforma corre el riesgo de quedarse en un simulacro de aprendizaje.

Y aquí pasan a notarse las brechas y el fantasma de la dependencia digital. Cada paso que se da hacia lo cibernético en educación, causa revuelo. Nos cuentan que en muchos países mejora de inmediato ciertos aspectos operativos. Pero aquí, en la Argentina y ni qué hablar en el resto de América Latina abre una super grieta: quiénes tienen conexión estable, quiénes no, si el seguimiento en “tiempo real” se transforma en vigilancia o en herramienta remedial, y hasta qué punto el sistema refuerza o compensa desigualdades previas.

El “modelo moderno y eficiente” que se le atribuye a Matific (la plataforma que se utilizará en el programa educativo) necesita más datos que una cifra de alcance y un sello internacional. ¿Qué muestran los primeros reportes de impacto? ¿Se mide la mejora en comprensión o solo la cantidad de desafíos completados? ¿Se suman al paquete escuelas de contextos vulnerables o se concentran donde ya hay más infraestructura?

El plan tiene una veta positiva: la matemática no tiene por qué ser siempre un cuadernillo gris y una calificación fría. Pero el truco está en que los desafíos no sean solo digitales, sino verdaderos: que se traduzcan en que el alumno que antes “no entendía cómo se llega al resultado” pueda razonar, proponer y no solo “pasar el nivel”.  Vamos a revisar cómo en otras latitudes donde «se jugó para aprender», después se evaluó qué quedó en la memoria y la comprensión de los chicos. Aparte -y de paso- el entusiasmo oficial debería ir acompañado de transparencia en resultados y de una tracción real en la escuela cotidiana.

 

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