El Parque Lezama, coronado por la pluma de Sábato

PorCarlos Allo

Oct 8, 2014

El Dragón y la Princesa, Cap I de Sobre Héroes y Tumbas, de Ernesto Sábato
El Dragón y la Princesa, Cap I de Sobre Héroes y Tumbas, de Ernesto Sábato

El Parque Lezama está más allá de toda leyenda. Las supera con creces. Se hace difícil ganarles a las ya existentes y es también difícil encontrar un porteño nacido antes de la turba globalizadora que no lo incluya en, al menos, un capítulo de su vida. Está asociado con su propio Barrio, San Telmo, pero también con La Boca, por ser paso obligado.

Fue sinónimo de expansión y diversión de decenas de generaciones por tratarse del más emblemático circuito de bicicletas de alquiler, el monumento a Pedro de Mendoza (maravilla escultórica llena de recovecos para las habilidades e imaginaciones infantiles), los desniveles de sus senderos, algunos lisos y otros semi escalonados, sus árboles, su apartado de juegos manuales, sus árboles y , sobre todo, la construcción original del casco del predio de casi 8 hectáreas de la familia de Gregorio Lezama, que hoy conforma el Museo Histórico Nacional. La parte «alta» del parque, a la que se accede desde la esquina santelmiana de Defensa y Brasil, como un extensión de la bohemia de los ventanales de los bares El Hipopótamo y El Británico -con todos sus conflictos- es uno de los símbolos de la Buenos Aires que ostentaba arte en cada cuadra y que cada tantas de ellas, el arte se tornaba en belleza ineludible.

Pero hay un hito que se impone por sobre todas las historias de amor surgidas en la cascada del parque, que supera a todos los goles convertidos por pichones de Maradonas en las canchitas inclinadas junto a la vereda de la Av Martín García y cuyo alcance de voz no puede ser superado por los millones de pregones de venta de manzanitas azucaradas junto a la calesita más popular de Buenos Aires. Se trata del capítulo inicial de Sobre Héroes y Tumbas, de Ernesto Sábato. Su nombre es «El Dragón y la Princesa» y sigue dando la vuelta al mundo alimentando y realimentando la magia propia del parque, expandiendo su impronta legendaria:

Estatua de Ceres en el Parque Lezama. Buenos Aires
Estatua de Ceres en el Parque Lezama. Buenos Aires

Un sábado de mayo de 1953, dos años antes de los acontecimientos de Barracas, un muchacho alto y encorvado caminaba por uno de los senderos del parque Lezama. 
Se sentó en un banco, cerca de la estatua de Ceres y permaneció sin hacer nada, abandonado a sus pensamientos. «Como un bote a la deriva en un gran lago aparentemente tranquilo pero agitado por corrientes profundas», pensó Bruno, cuando, después de la muerte de Alejandra, Martín le contó, confusa y fragmentariamente, algunos de los episodios vinculados a aquella relación.

El Parque Lezama está recibiendo atención.

Se lo merecía.

Y nosotros también.

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