Ridícula expresión que se repite cada vez más entre quienes, precisamente, no abren demasiado el oído.

Decir “me gusta toda la música” suele sonar abierto, tolerante, casi cosmopolita. ¿Progre? En la práctica, es una etiqueta cómoda ¿careta?para evitar pensar demasiado la respuesta. En apenas segundos, esa supuesta amplitud se reduce a un inventario bastante acotado: cumbia, cuarteto, reggaetón y, como cierre solemne, el/la fulano/a te completa su aventura intelectual con un: “toda la música”.
Mamita!
En esta redacción se debate si la cuestión pasa o no por una cuestión de géneros en sí. Y se impone que no lo es. Nadie está discutiendo si la cumbia o el reggaetón merecen lugar en el mapa sonoro contemporáneo. (N de la R: No lo estamos discutiendo porque con lo de «toda la músic ya se aplastaron solos) El punto, quizás sea la ilusión de diversidad. Se enuncia una apertura total, pero lo que sigue es un recorte bastante previsible, que suele coincidir con lo más masivo, lo más rotativo en plataformas o lo más inmediato en la escucha cotidiana.
Lo facilito.
TAmbién es curioso que esa afirmación se presente como una forma de amplitud cultural, siendo que la realidad puede funcionar como lo contrario: una clausura elegante. Decir “todo” sin nombrar nada fuera de ese circuito es una manera de no exponerse a la incomodidad de tener que definir matices.
¿Quéeeee?
Si esos gustos «matizados» llegasen a tener zonas de exploración menos obvias ¿qué harían?
Nada ¿qué van a hacer? Nadie les pide que tarareen a Sibelius ni a Ginastera. Ahora, convengamos que llama demasiado la atención alguien que, con 21 años, confiesa no saber quiénes son Spinetta, García y Páez.
Porque la música, en serio, no se comporta como una lista de reproducción genérica.
Historia, contextos, rupturas, cruces.
La música implica todo eso.
Incluso, decir “esto no me gusta” sin culpa.
Y cuando el “me gusta todo” es hablar al pedo, “todo” termina siendo siempre lo mismo: Cero amplitud. Inercia pura.






