• Diario 5 -Buenos Aires, viernes 29 de mayo de 2026

Se solía escuchar y leer el concepto de que Ejército Argentino nació junto con la Patria en 1810- A partir de las milicias que defendieron Buenos Aires de las invasiones inglesas ya se formaron pelotones y agrupaciones militares que luego fueron organizadas por la Primera Junta tras la Revolución de Mayo. Desde entonces, su historia atraviesa las tensiones de la construcción nacional: independencia, guerras civiles, organización definitiva en el siglo XIX y profesionalización en el XX.

En los últimos años del Virreinato del Río de la Plata, las invasiones inglesas de 1806 y 1807 diseñaron -por necesidad- esa bisagra. La población se organizó en milicias que repelieron a los británicos y demostraron que la defensa podía surgir desde la sociedad misma. Esas fuerzas improvisadas se convirtieron en la base del futuro Ejército Argentino.

El 29 de mayo de 1810, apenas días después de la Revolución de Mayo, la Primera Junta decretó oficialmente la creación del Ejército de las Provincias Unidas. Desde entonces, los nombres de Manuel Belgrano, José de San Martín y Martín Miguel de Güemes quedaron ligados a las primeras campañas de independencia. El Ejército del Norte y el Ejército de los Andes fueron las columnas vertebrales de la lucha emancipadora, llevando la guerra más allá de las fronteras del Río de la Plata.

Tras la independencia, el Ejército atravesó un período de fragmentación. Las guerras civiles lo disolvieron en milicias provinciales, y sólo en momentos puntuales —como la guerra contra Brasil o la Confederación Perú-Boliviana— se intentó reorganizarlo. La verdadera consolidación llegó con la Guerra del Paraguay en la década de 1860, cuando se formó un ejército nacional permanente que luego sería clave en la Conquista del Desierto y en la pacificación interna.

La profesionalización definitiva se dio a comienzos del siglo XX, con el servicio militar obligatorio y la modernización de su estructura. Durante décadas, el Ejército se convirtió en un mal actor político.

Y de peso.

Lideró golpes de Estado y participó torpemente en la vida institucional de manera directa. Fue una politización creciente, que alcanzó su punto más oscuro durante la última dictadura cívico-militar (1976-1983), cuando el Ejército fue protagonista del terrorismo de Estado.

Pocas veces en la historia de la humanidad una organización militar  hizo caer tan bajo su imagen y prestigio frente al pueblo.

La derrota en la Guerra de Malvinas en 1982 marcó un quiebre cuyas consecuencias aún no han terminado de salir a la luz, especialmente en una sociedad que poco se esfuerza por pensar dónde está la verdadera soberanía. La influencia de la autocrática trama militar en la política durante 63 años, hizo que muchos argentinos crean que la recuperación de los estándares de vida que glorificaron algunas etapas del S. XX, pueden ser recuperables con medidas económicas o -peor criterio aún, con gran carga de candidez- con «poner bien el voto» para que el beneficiario de la riqueza del país sea el ciudadano.

Con el regreso de la democracia en 1983, el Ejército inició un proceso de transformación: se eliminó la conscripción obligatoria, se incorporó a las mujeres y se redefinió su rol hacia la defensa nacional y la participación en misiones de paz de la ONU.

En el tibio perfil social que debió adoptar, hoy, el Ejército Argentino se reconoce como una institución un inicio glorioso y un devenir decadente. Su formación fue inseparable de la construcción del Estado argentino, casi siempre caprichosa e innecesariamente. Su camino por la historia generó tensiones entre defensa, política y sociedad.

Poco se puede rescatar de un ejército que durante décadas se dedicó menos a mostrarle su fuerza a las fuerzas extranjeras que a la sociedad que debía representar. Celebran su día cada 29 de mayo. Nos da mucha bronca mirarlos con desconfianza. Es incómodo. Mucha bronca. Pero no nos dejaron alternativas. Se gastaron todos los créditos. Habríamos amado que le sumaran héroes al país a través del tiempo. No necesariamente por méritos en batalla. Con dignidad institucional era suficiente.

 

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