• Diario 5 -Buenos Aires, jueves 28 de mayo de 2026

Buenos Aires es un amor eterno, la ciudad que siempre me recibe con su amalgama de melancolía y vitalidad. Sus cafés, sus plazas arboladas, la música que se escapa por las ventanas, todo me resulta familiar y entrañable. Pero me da escozor esa campaña jactanciosa que la sindica por encima de las ciudades más lindas del mundo. Debo admitir que el solo andar y andar me han dejado huellas muy intensas, con detalles que las ciudades del nuevo Mundo no pueden igualar aunque las adoremos.

Hay una luz que parece inventada para la pintura. Caminar por la Île de la Cité al atardecer es como entrar en un cuadro impresionista. Y Buenos Aires tiene ese encanto bohemio de París. Y ambas ofrecen una delicadeza estética que se respira en cada esquina, desde los puentes hasta las vitrinas de las librerías. La diferencia es que detrás de una capital hay un país desarrollado y detrás de la otra, uno emergente

Sigamos.

¿A quién no desarma con su silencio acuático? Allí no hay bocinas ni colectivos, solo el sonido del agua golpeando suavemente contra las paredes de los palacios. Venecia enseña que la belleza también puede ser calma, que la ciudad puede flotar como un sueño.

Está la que deslumbra con su energía inagotable. Es un vértigo que Buenos Aires compartió. Hoy Manhattan lo mantiene en el extremo. No es tanto por las luces y los rascacielos. Pesan fuerte la diversidad en cada esquina y una disposición a tope que en Buenos Aires perdimos. En los años 40, la tienda Albion House de Maipú y Diagonal estaba abierta 24/7. En Nueva York no todo parece posible, aunque la modernidad se exhiba sin pudor. Detrás, una economía arrasadora.

Y vuelo a Oriente a elegir una entre tanta urbes alucinante. Kioto, con su serenidad ancestral, deja la seguridad de que la belleza puede ser también contemplación. Templos y jardines para emocionarse, delicadeza en cada ceremonia. Son siglos de tradición que se sienten en el aire.

Ne descubro siempre viajando entre recuerdos. Cada paisaje urbano me enseñó algo distinto: estética, calma, energía, armonía. Y mi BA, me enseñó a quererlas todas. Desde aquí aprendí a mirar el mundo con ojos curiosos y corazón abierto.



 

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