• Diario 5 -Buenos Aires, sábado 25 de abril de 2026

El deliberado debilitamiento al voto en blanco para que a los partidos políticos no les baje el porcentual en el resultado final de una lelección.

Cada vez hay más.

El voto en blanco es la herramienta legal que permite al ciudadano expresar su disconformidad con las impresentables opciones electorales. Obviamente, sin anular su sufragio. El grave problema que está en juego aquí es que, aunque es válido, no se contabiliza de la misma manera que los llamados «votos afirmativos», tanto en las elecciones presidenciales generales como en el balotaje. En ambos casos, la Constitución Nacional establece que los porcentajes se calculan únicamente sobre los votos afirmativos válidamente emitidos, es decir, aquellos que eligen una boleta de candidatos.

Esto significa que los votos en blanco quedan excluidos del universo sobre el cual se determina qué fórmula alcanza el umbral necesario para imponerse.

Pésimo criterio que ya venía de la Constitución Nacional de 1853..

¿Por qué la Constitución de 1994 lo validó de ese modo?

Porque los constituyentes eran los mismos dueños del negocio de la política.

Sí, exacto: la casta. La misma que hoy Milei integra con carnet VIP.

El papelón que les habría significado -en cualquier elección- encontrarse con que el voto en blanco superaba tanto a los de pocos votos como a los supuestos líderes de las encuestas o al candidato más popular, no podrían soportarlo. Menos aún en estos tiempos en los que una importante porción de la población Argentina, políticos incluidos, está estúpidamente pendiente de lo que se opina en redes sociales.

La diferencia matemática es significativa. Al reducir el total de votos considerados, los porcentajes de los candidatos aumentan proporcionalmente. Por ejemplo, si en una elección hay diez votos, de los cuales cuatro son en blanco y seis son afirmativos, el candidato que recibe tres votos afirmativos alcanza el 50%, aunque en términos absolutos sólo haya sido elegido por el 30% del total de votantes. Esta lógica aplica tanto en la primera vuelta como en el balotaje, donde gana la fórmula que obtenga mayor cantidad de votos afirmativos, sin importar cuántos votos en blanco se hayan emitido.

Cuando hablábamos del miedo de los dirigentes a sufrir el efecto del voto en blanco ganador o arrasador, nos referíamos a que los constituyentes de 1994 tomaron muy en cuenta las elecciones de 1963. Arturo Umberto Illia resultó electo con poco más del 25% de los votos, mientas que el 19% del electorado votó en blanco, disconformes de todo derecho ante las proscripciones de Perón y Frondizi. Naturalmente, el 25% es un signo de debilidad política para el arranque de un gobierno. Más aún, en tiempos en que los militares tenían adoptado al golpe de Estado como uno de sus deportes favoritos.

La hipocresía institucional fue muy grande cuando se le confirmó al voto en blanco su «expulsión de la cuenta matemática final». Al no incluir los votos en blanco en el conteo, obtener mayores porcentajes es más fácil y esos números causan una mejor impresión en la sociedad.

A lo largo de la historia democrática argentina, el voto en blanco ha representado un promedio del 2,8% del total de sufragios, con picos como el de 2007, cuando alcanzó el 6,43%. Si bien no afecta directamente el resultado electoral, su presencia puede tener peso simbólico y político, al reflejar el descontento o la falta de representación de una parte del electorado. Sin embargo, no existe en la legislación vigente ninguna cláusula que invalide una elección por exceso de votos en blanco, ni que obligue a repetirla si estos superan a los votos afirmativos de los candidatos.

El voto en blanco sigue siendo una forma legítima de participación. Si su impacto en el resultado final sigue siendo nulo desde el punto de vista legal, habría que impulsar una enmienda constitucional para corregirlo. Lo que sí puede hacer una avalancha de sobres sin boleta en las urnas es abrir el análisis político posterior, que deje bien claro a gobernantes y opositores que se emitió un mensaje colectivo de desaprobación.

¿Las organizaciones políticas nos temen?

Si lográramos ver nuestro poder, caerían en un miedo tal que la purga sólo dejaría aspirantes al poder probos, honestos y capacitados.

Una gran prueba del miedo que los dirigentes políticos le tienen al voto en blanco y la negativa notoriedad en la que podrían caer si su número influyera de manera directa en el conteo para alcanzar porcentuales mínimos habilitantes, es la reciente decisión de no haber establecido un casillero para el voto en blanco en la llamada «boleta única».

El cinismo de varios militantes de las fuerzas protagonistas de la pelea electoral de octubre, los llevó a expresar que «con no marcar nada, es suficiente». Lo que callan es que en muchos lugares de la Argentina, en el momento del recuento, se corre el riesgo de que alguna lapicera caiga en manos de prestidigitadores que podrían «hacer magia» -incluso en la cara de algún presidente de mesa y otros fiscales- y que alguna crucecita termine marcada en el tarjetón.

 

 

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