
Nos atribuimos el estreno de la expresión. Incluyendo el neologismo que le cuadra a las mil maravillas.
Las palomas siempre formaron parte del paisaje urbano de Buenos Aires. Pero su presencia masiva genera problemas que exceden lo pintoresco y poético. Las colonias instaladas en plazas, edificios y monumentos producen suciedad constante: excrementos que deterioran fachadas, corroen estructuras y afectan la higiene de los espacios públicos. El exceso de aves también atrae depredadores como halcones y gavilanes, que encuentran en la ciudad un nuevo hábitat.
Se estima que existen unos 400 millones de palomas urbanas en todo el mundo. Las poblaciones más densas y numerosas se concentran en metrópolis donde encuentran abundante alimento y estructuras arquitectónicas similares a sus acantilados naturales
Lo estético, lo simpático y lo higiénico deberían congeniar.
Históricamente, las grandes urbes han tenido dificultades similares. Roma, París y Barcelona enfrentaron plagas de palomas que obligaron a implementar sistemas de control, desde la prohibición de alimentarlas hasta la instalación de redes y pinchos en edificios. En Nueva York, el problema se asoció a la transmisión de enfermedades como la histoplasmosis y la criptococosis, vinculadas a la acumulación de excrementos en techos y sótanos.
En Buenos Aires, las zonas más afectadas son las plazas céntricas y los barrios con edificios antiguos, donde las aves encuentran refugio en cornisas y balcones. La falta de control sistemático favorece la proliferación y convierte a las palomas en un riesgo sanitario. Además de las enfermedades respiratorias, pueden transmitir salmonelosis y psitacosis, que afectan tanto a personas como a animales domésticos.
La necesidad de un control efectivo es evidente. No se trata de erradicarlas, sino de regular su población para evitar que el espacio público se degrade y que los riesgos sanitarios se multipliquen. La convivencia con las palomas exige políticas claras: campañas de concientización para que los vecinos no las alimenten, sistemas de control en edificios y monumentos, y un seguimiento constante de las colonias más grandes.
Y nadie niega que se trata de un el dilema. Lo debe enfrentar Buenos Aires en Plaza de Mayo, Plaza de los dos Congresos y otros espacios públicos como lo hacen en el Washington Square Park de Nueva York (insufrible), la George Square en Glasgow, la Piazza San Marco en Venecia, la plaza Dam en Ámsterdam, la Puerta de la India y Kabutarkhana en Bombay.
¿Quiénes ganaron la batalla contra la plaguificación colombina?
Los ingleses, en el año 2000, que redujeron la casi inmanejable población de palomas Trafalgar Square, en Londres.
Las palomas tienen un sentido del olfato muy desarrollado y detestan los aromas intensos y penetrantes. Los olores más efectivos para mantenerlas alejadas incluyen:
- Especias picantes: La cayena, los ajíes fuertes, el ajo y la pimienta resultan muy irritantes para estas aves.
- Vinagre blanco: Su olor es insoportable para ellas, además de ayudar a neutralizar rastros de suciedad.
- Hierbas aromáticas: la menta, la lavanda, el romero y la albahaca actúan como repelentes naturales.
- Cítricos: El olor a limón, lima o naranja suele ser molesto para las palomas.
Todo, como siempre -y como en todo- debe ser equilibrio. Nos gustan para la foto y trabajamos por cómo preservar su patrimonio y su higiene sin perder de vista que las palomas, aunque parte del paisaje, se convierten en una amenaza cuando su número supera los límites tolerables.



















































