Aunque el Santuario de Liniers es el centro indiscutido de la devoción, Buenos Aires cuenta con altares y hornacinas en parroquias y capillas de barrios populares, donde cada 7 de agosto se renueva la fe en el santo del pan y el trabajo.

Además de la Iglesia de la calle Cuzco, en otros templos y espacios en Buenos Aires se veneran altares y hornacinas dedicadas a San Cayetano, aunque ninguno alcanza la magnitud del epicentro de devoción popular. La presencia del santo se extiende en parroquias barriales y capillas, donde se lo invoca como patrono del pan y el trabajo.
En la Ciudad, varias iglesias incorporaron imágenes de San Cayetano en altares secundarios o capillas internas. En Flores, Mataderos y Villa Lugano se encuentran hornacinas con su figura, generalmente acompañada de espigas de trigo y estampitas que los fieles dejan como ofrenda. Estas representaciones suelen estar en espacios laterales de templos mayores, como la Basílica de San José de Flores, donde se le dedica un altar menor.
También en Villa Soldati y Villa Lugano, parroquias vinculadas a comunidades obreras y migrantes levantaron pequeños altares al santo, reforzando su identidad como protector del trabajo digno. En Mataderos, la devoción se expresa en capillas barriales que lo recuerdan cada 7 de agosto con misas y bendiciones de herramientas.
En el Casco Histórico, la iglesias de San Ignacio de Loyola conserva imágenes de San Cayetano en altares laterales, peleando protagonismo que con otros santos «tradicionales». La figura de inmenso Caetano está integrada a la iconografía de la vida cotidiana porteña.
La devoción se multiplica en espacios no estrictamente parroquiales: asociaciones vecinales, clubes barriales y hasta hornacinas callejeras levantadas por vecinos en esquinas de cualquier barrio. Estas pequeñas imágenes, protegidas por vidrios o rejas, muestran cómo San Cayetano se convirtió en un santo de cercanía, presente en la vida urbana más allá del santuario de Liniers.
