
Tal es la que se observa entre los servicios modernos y de alta satisfacción a la población de las grandes ciudades -Buenos Aires, Incluida- y las personas que no tienen donde vivir y duermen en las calles. Incluso en nuestro ámbito, muchos de ellos no aceptan la ayuda de los refugios porteños
En las grandes ciudades, la modernidad se exhibe en cada esquina: transporte público con sistemas digitales de pago, aplicaciones que permiten pedir comida en minutos, hospitales con tecnología avanzada y espacios culturales que atraen a miles de visitantes. La urbe se muestra como un escenario de servicios de alta satisfacción, diseñados para mejorar la vida de quienes habitan y transitan por ella.
Sin embargo, en paralelo a esta postal de progreso, la realidad de quienes no tienen un techo propio se vuelve cada vez más visible. En las veredas del microcentro, en plazas y bajo autopistas, cientos de personas duermen a la intemperie. La paradoja es evidente: mientras la ciudad se enorgullece de sus avances, convive con un problema estructural que no logra resolver.
El contraste es nultiple
Wi-Fi gratuito en espacios públicos, bicisendas iluminadas, cajeros automáticos en cada barrio, delivery 24 horas.
Realidad social: familias enteras durmiendo en la calle, personas que rechazan los refugios porteños, jóvenes que sobreviven con changas informales.
El rechazo a los refugios
Un aspecto que desconcierta a las autoridades es que muchos de quienes viven en la calle no aceptan la ayuda de los albergues municipales. Las razones son múltiples:
Falta de confianza en las instituciones.
Reglas estrictas de convivencia que limitan la libertad personal.
Experiencias negativas previas, como robos o maltratos.
Preferencia por la autonomía, incluso en condiciones de vulnerabilidad.
Una ciudad partida
La paradoja se resume en una imagen cotidiana: mientras un grupo de jóvenes disfruta de un café de especialidad en Palermo, a pocas cuadras alguien improvisa una cama con cartones. La coexistencia de ambos mundos expone las grietas de un modelo urbano que puede ofrecer comodidad y sofisticación, pero que aún no logra garantizar lo más básico: un techo seguro para todos.
Reflexión final
La pregunta que queda abierta es cómo reconciliar estos dos universos. ¿Puede una ciudad ser verdaderamente moderna si no resuelve la exclusión más elemental? Buenos Aires, como tantas metrópolis del mundo, enfrenta el desafío de que sus avances tecnológicos y de servicios no se conviertan en un espejo que refleje, con crudeza, la desigualdad que late en sus calles.







