
Los vecinos de San Cristóbal sienten que el barrio quedó nuevamente marginado del mapa del transporte porteño. La eliminación de la línea 23, absorbida por la 115 tras la Resolución 180/2025, dejó afuera el tramo Boedo–Retiro, un recorrido importante para una cantidad de pasajeros que, a criterio de Transportes Automotores Riachuelo S.A. y el GCBA, no parecen ser tantos. La medida, oficializada por la Secretaría de Transporte y ejecutada por la mencionada empresa, integrante del Grupo DOTA, se presenta como una “optimización de recorridos”, pero en la práctica significa menos opciones y más tiempo perdido para quienes dependen del colectivo.
Desde 1972, San Cristóbal perdió la 48, la 69, la 27, la 139, la 149, la 6 y ahora la 23. Medio siglo de supresiones que redujeron la conectividad y aislaron al barrio. La indignación se dirige tanto a las empresas, que priorizan la rentabilidad, como al gobierno, que avala un esquema que recorta derechos básicos de movilidad.
El nuevo esquema de la 115 contempla tres ramales con frecuencias que van de 4 a 28 minutos en hora pico, pero ninguno recupera el tramo perdido. Para los vecinos, la integración es apenas un eufemismo: San Cristóbal se queda afuera. “Es muy injusto”, repiten en reuniones barriales, mientras reclaman que el transporte público vuelva a pensarse como un servicio esencial y no como un negocio,



















































