
Hay que bancárselo. No hay otra. Si ya no soportamos los saludos del Día del Locutor, ni toleramos las autocelebraciones en todas las radios, como si se tratara del cumpleañitos de un ahijado al que hay que satisfacerle el ego infantil con un mimo de la madrina, pues, paciencia.
A esta casi seudo profesión, caída en el barro de la indignidad más humillante a partir de ser nosotros, «los únicos» habilitados para indicar marcas comerciales al aire y reducida a la absurda función de «recibir el pie» de cualquier conductor de programa y -al ser el profesional legalmente autorizado/a (oooohhhh!) para expresar a aire la hora, los datos meteorológicos, las vías de comunicación de los oyentes con la emisora.
Decadente.
¿Agarrarnos de una ley ridícula que nos defiende gremialmente sólo porque hemos estudiado y nos dieron un carnet habilitante? ¿Quién se anima a ser el hipócrita que defiende tal cosa como si se tratara de un verdadero mérito para atribuirnos exclusividad?
Para ejercer una actividad -que en otros países, cualquiera que la practica, se desarrolla y la ejerce dentro de la gama que va desde una corrección decorosa hasta el lucimiento cultural más arrasador- los argentinos inventamos una carrera oficial para cumplir con el deseo histórico de un grupo de artistas -incluida una primera dama- que hace 80 años plantearon una necesidad, en tiempos en que la radio era el único medio de comunicación masivo. Nadie vio o no quiso ver que aquella necesidad era apenas coyuntural: miles estaban dispuestos a a hacer ese trabajo que por entonces era altamente. Pero la exposición a la que se sometía y las exigencias a las que se enfrentaba quien ponía la voz, era diferente con aquel público argentino, acostumbrado a presentadores de calidad. El éxito del lanzamiento de los locutores preparados casi «universitariamente», duró muy poco años. Fue apenas un flash. Lo seguimos haciendo ahora sin ponernos colorados.
Si alguien se confunde y cree que estamos combatiendo la carrera de locución, la preparación, las prácticas en estudios de radio, los talleres y el encanto de las materias que rodean a la comunicación, supera lejos la condición de pelotudo.
El que quiere ejercer bien la profesión debe prepararse y formarse la manera más seria. Pero, muchachos, seamos serios nosotros también. Es hablar frente a un micrófono y no hay mayores exigencias. No se necesita un carnet. No se necesita la ostentación vergonzosa que diferencia al «Locutor Nacional» de los locutores provinciales y otros módulos de cínica jerarquización, como si se tratara de oficiales y suboficiales en las fuerzas armadas.
Insistimos en que la preparación para ejercer la profesión con brillo nada tiene que ver con que, para su ejercicio, el locutor tenga que protegerse como si el «ejercicio ilegal de la locución» no fuera algo para tomárselo a la chacota.
De las responsabilidades de un locutor no depende nada importante, gracias a Dios. Ni siquiera lo que pueda decir influyendo sobre la sociedad, parte de ella, niños que os escuche, etc. Por qué? Por que, apenas diga algo importante, significativo o trascendente en un medio de comunicación, está -indefectiblemente- dejando de cumplir el rol que, como locutor, se le asignaba.
Sí, ya sabemos que existen nuevas maneras de identificar a quienes se les da la palabra en radio, TV o medios digitales: comunicador, conductor, columnista, panelista… todo vale. Incluso la condición de periodista depende de la autopercepción. No sólo en los casos aludidos. Siempre lo fue. Jamás existió para el periodismo una restricción de ejercicio de la actividad como sí se plantea para la locución. El que lo hace bien es contratado. Y es valorado. En el periodismo no hay una muralla legal que proteja a los periodistas que detentan un carnet exclusivo y excluyente
Algún que otro histórico operador, con quienes compartí decenas de horas en radios que, secretamente, mostraron un criterio confluyente con la idea planteada en os de la actividad que les concernía. Pero no avanzaremos en tal criterio por no ser nuestro métier. Preferimos ir por lo que fue parte de nuestros quehaceres importantes durante tantos años y en paralelo con la actividad periodística.
La locución puede ser una carrera cargada de fascinaciones. Es el ideal para quienes aman contar o relatar cosas y, en simultáneo, tienen una idea de ilustración sonora -especialmente música- asociada al mensaje, más el deseo de llevarlo al micrófono de un modo tal, que todo ese «pack» de entusiasmo apasionado, redunde en la satisfactoria llegada del contenido al receptor.
Pero la locución se ejerció durante 75 años en nuestro país como una forma de especulación que aseguraba siempre un círculo pequeño de oferta de colegas. Pésima sensación de protección y descanso. La reducción de puestos de trabajo real para locutores, con relación de dependencia en emisoras para cubrir turnos de locución comercial e informativo, tanto en AM como en FM de redujo paulatinamente desde 1981 a 1990, rítmicamente, de 1991 a 2000 y violentamente desde 2001 en adelante.
Emisora que dejaba sin cubrir un cargo de locutor, ya no volvió a hacerlo.
Estamos cerca de los 20.000 carnet de locución emitidos por el ISER, el COSAL, TEA, ETER, ISEC, Universidad Nacional de La Matanza, Instituto Superior 8 de La Plata, ISER Córdoba, Escuela de Artes y Medios de Comunicación, Universidad de Congreso (Mendoza), UNLP, Instituto Superior Crónica, Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (Salta) y decenas de centros de estudios que ofrecen preparación para desarrollarse en la profesión de la voz y cursos introductorios a la locución, aunque sin títulos oficiales, lo que debería generalizarse.
Actual función de la Sociedad Argentina de Locutores (SAL): 1. Detestable aprovechamiento de las leyes prebendarias que les permiten a los «delegados» (En cada medio hay menos de 10 locutores) conservar su condición. 2. Rastrero rol de seguimiento para cobrar una multa (que una ley absurda le habilita a realizar) a medios audiovisuales, productoras de contenidos y agencias de publicidad, según corresponda, cuando una persona que no detenta un carnet de Locutor Nacional dice una marca en un spot publicitario, programa grabado o en vivo.
Ofrecer un título oficial por estudiar locución, a esta altura de la desarticulación de la red de trabajo, es una estafa. Podría considerarse una de las tantas «estafas blancas» del Estado Argentino a sus ciudadanos a través de un organismo de la órbita de Presidencia de la Nación. primeramente se llamó Comité Federal de Radiodifusión (ComFeR). luego Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual (AFSCA) y ahora Ente Nacional de Comunicación (ENACOM). El estado no empuja a nadie al precipicio. Sólo le sonríe indicándole el camino.






