Héctor Alterio y Pepe Soriano son el recuerdo más valioso del cine argentino.

No es una frase hecha el asegurar que se trata de dos pilares del cine argentino. Con estilos distintos, dejaron huellas imborrables en la cultura nacional e hispanoparlante. Ya eternos, sendos legados subyacen en cada escena y esa memoria colectiva que nadie ni ninguna inteligencia artificial puede manipular.
Una historia completa del cine argentino no puede contarse sin detenerse en José “Pepe” Soriano (1929–2023) y Héctor Alterio (1929–2025). Ambos nacieron en Buenos Aires, fueron imantadamente contemporáneos y atravesaron más de medio siglo de transformaciones políticas, sociales y culturales.
El compromiso artístico de ambos los convirtió en referentes.
Y nadie los discutiría.
Soriano fue un actor de carácter, dueño de una gestualidad inconfundible y de una voz que transmitía tanto ternura como ironía. Su carrera se desplegó en teatro, cine y televisión, con papeles que marcaron época: La Patagonia rebelde (1974), donde encarnó la lucha obrera; La Nona (1979), sátira feroz sobre la decadencia familiar y Una sombra ya pronto serás (1994), adaptación de la novela de Saer. Aunque muchas veces ocupó roles secundarios, su presencia era magnética y elevaba cualquier producción. Su trayectoria fue reconocida con premios Cóndor de Plata, Konex y Martín Fierro.
Alterio, por su parte, fue un intérprete de enorme versatilidad, capaz de pasar del drama íntimo a la épica política. Su papel en La tregua (1974) lo vinculó a la primera película argentina nominada al Oscar, y más tarde brilló en La historia oficial (1985), ganadora del Oscar a mejor film extranjero. También fue figura central en La Patagonia rebelde, compartiendo pantalla con Soriano, y en El hijo de la novia (2001), que volvió a poner al cine argentino en la competencia internacional. Su vida estuvo marcada por el exilio en España durante la dictadura, donde continuó una carrera prolífica que lo convirtió en puente cultural entre dos países.
A Héctor lo premiaron en 1977 con la Concha de Plata en San Sebastián y con el Goya de Honor en 2004.
Ambos compartieron una ética de trabajo y una concepción del arte como herramienta de memoria y transformación. Soriano solía remarcar que la cultura argentina era “ejemplar en América”, mientras Alterio defendía la necesidad de un teatro y un cine comprometidos con su tiempo. Sus trayectorias se cruzaron en películas emblemáticas y en la defensa de un oficio que entendían como servicio público.
Hay muchos artistas que se transforman en símbolo representativo de sus disciplina. Y pocos logran sumarle a ese mérito el ser amados por el público, Per eso Soriano y Alterio trascendieron la pantalla.




















































