• Diario 5 -Buenos Aires, viernes 13 de febrero de 2026

Después de los envenenamientos de animales de compañía, todo es cuidados en varias zonas de Palermo.

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Por los casos de envenenamiento de perros en Palermo y Las Cañitas, se activaron medidas para reforzar la seguridad y la limpieza en la zona. La preocupación vecinal por estos episodios llevó a que se intensifiquen los operativos de sanitización en parques, veredas y áreas de alto tránsito animal. Procuran prevenir nuevos incidentes y proteger tanto a animales y sus cuidadores.

Aparte, para colaborar en la investigación y esclarecer los hechos, el GCBA le entregó a la Justicia las imágenes captadas por las cámaras de seguridad de la zona. Se busca identificar a los responsables y ojalá se pueda dejar un mensaje que asegure la comprensión generalizada de que el maltrato animal no puede ser tolerado.

El episodio pone sobre la mesa una discusión lo suficientemente profunda sobre la convivencia urbana, el cuidado del espacio público y la responsabilidad compartida entre vecinos y autoridades, que requeriría de una seria preparación por parte de quienes quisieran participar.

Por supuesto que hoy en la Argentina nadie va a proponer semejante campo de duelos a muerte.

¿Quiénes se expondrían a tal vidriera?

Los que no levantan la caca de su perro, no. Ya no tienen autoridad moral. Y como ellos, hay muchos colados en el banquete de los dignos.

¿Quiénes, entonces?

Apenas aquellas personas calificadas en cien sobre cien para la convivencia en todos los estratos interpersonales. Tal noble instancia sólo la alcanzarían: los considerados con el prójimo a toda prueba, los empáticos de encanto, los pacíficos sin fisuras y los solidarios sin verso. Para llegar a esa jerarquía de individuo, jamás será suficiente ningún nivel de educación académica, por superlativa que fuese.

Tanto en la prehistoria, como en el Imperio Romano y el Siglo XXI, se ha comprobado lo complejo que resulta darle una identificación técnico-sociológica a la gente buena. Es buena gente y punto. Sólo ellos se animarían a exponerse en la discusión en la que se deba establecer un criterio generalizado y abarcativo de la sociedad acerca de qué significa envenenar un perro.

¿Alguien más opinaría con autoridad?

 



 

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