La promesa de la vuelta de la Confitería del Molino: una reinauguración que nunca llegó.

Hace casi una década se firmó la ley que declarar al emblemático edificio de la Confitería del Molino de utilidad pública y sujeto a expropiación (Ley 27.009 en noviembre de 2014), con el compromiso de restaurar su esplendor art nouveau y reabrir la histórica confitería frente al Congreso. Aquella iniciativa fue acompañada por discursos entusiastas de la entonces vicepresidente Cristina Kirchner, quien afirmó que la recuperación patrimonial devolvería al pueblo un espacio cultural y arquitectónico de enorme valor.
Las obras comenzaron en serio alrededor de 2018, y en julio de 2022 el Gobierno porteño celebró la reapertura: ese viernes 8 de julio anunciaron visitas guiadas con cupos agotados, recorridos por los pisos restaurados y la azotea con la cúpula, ya reluciente tras el trabajo de limpieza, restauración de tragaluces, sustitución de materiales originales y hasta modelado 3D para recuperar los leones alados. Era, según los comunicados oficiales, la gran vuelta.
Pero un gesto público –una foto de Cristina Kirchner caminando por el edificio en octubre de 2023– volvió a levantar expectativas: “empezará a funcionar nuevamente en julio de este año”, dijo ella, retomando la narrativa de que la confitería volvería a operar en breve.
Y sin embargo, más de dos años después de aquel anuncio, no hay café abierto al público, no hay mesas para sentarse, no hay servicio ni menú en marcha. Lo que funciona son visitas guiadas de 40 minutos, con reserva previa, y recintos para recorridos, no para consumir el famoso merengue o el postre “imperial ruso”. Es cierto: el edificio volvió a verse limpio y, circunstancialmente, reluciente. Pero sigue siendo un museo. Cada día pierde más valor ciudadano esa escenografía sin su esencia funcional, por linda que se la pueda ver.
Esta brecha entre la promesa política y el resultado concreto genera indignación: se prometió la reapertura de una confitería, no sólo la limpieza de un edificio monumental. Ya no basta con decir que “el molino gira de nuevo”. No está recibiendo al público como confitería. Y se pensó en permitir verlo tras un vidrio institucional. Ahora, ya ni eso. Persiana bajas, un andamio sin uso que molesta a los peatones y, aunque de magnitudes no tan ostentosas, otra estafa a las ilusiones de muchos argentinos.
La Ley de expropiación hablaba de concesionar la confitería, usar los ingresos para mantenimiento y destinar los pisos superiores a museo, centro cultural y actividades legislativas. Pero mientras el edificio luce restaurado, permanece como museo fragmentado, sin ese servicio histórico de bar y salón al que aspiraba.
Una promesa política no se cumple solo restaurando fachadas. Fuimos testigos del cierre en 1997, de la falta de interés privado, de años de abandono. Luego, de una ley que se sancionó con votos unánimes, de discursos emocionantes y selfies frente a vitrales. Pero la reinauguración total, el café funcionando, aún está pendiente.
Ya nos mostraron por TV que la Confitería del Molino está preciosa y que trabajaron al detalle por la primera parte de la recuperación. Pero El Molino volvió a brillar por cinco minutos y no volvió a servir. Sigue vacía de esencia. Esa promesa incumplida merece al menos un cronograma verdadero y la palabra oficial: ¿cuándo se empieza a atender al público con su café, sus postres y sus mesas?
Ya no estamos hablando de la nostalgia ni de mojar en una taza de café en el salón histórico. Hablamos de que en 2025, cualquier trabajo incompleto pagado por el estado huele a corrupción. El desgraciado desfase entre la restauración física y el cumplimiento real de la promesa abren la sospecha.








Nos vendieron medialunas y nos entregaron migas
Pasaron gobiernos, pasaron promesas… y el Molino sigue esperando. Cada vez que paso por Callao y Rivadavia siento lo mismo: una mezcla de orgullo por lo que fue y bronca por lo que no es. ¿Cuántas veces nos dijeron que ya reabría? ¿Cuánta plata se gastó en actos y anuncios? Lo que falta no es plata, es decisión y respeto por la historia. Mientras tanto, siguen haciéndose los selfies frente a una fachada vacía. Triste postal del país