El mundo evolucionado y la estúpida polémica sobre el criterio que se debe utilizar frente a las acciones realizados por chicos en pos de algo que los beneficia ellos mismos.


Existen antecedentes de protocolos para que la comunidad escolar se haga cargo del cuidado de los espacios. Quizás, como adelantó Clarita ayer en Diario 5, el ejemplo más citado sea Japón, donde la práctica diaria de limpieza en las escuelas, conocida como o-soji, que forma parte de la rutina educativa. Allí, los estudiantes limpian aulas, pasillos y baños sin personal externo, como parte de una formación que combina disciplina, respeto y responsabilidad compartida, tres conceptos que en la Argentina generan escozor y náuseas, especialmente en algunas colonias ideológicas.
En Corea del Sur también se aplican rutinas similares, aunque menos sistemáticas, con participación estudiantil en la limpieza de espacios comunes. En Camboya, algunos colegios internacionales adoptaron el modelo japonés para reforzar valores de cooperación y pertenencia. En parcas de fotos que se encuentran publicadas sobre esta costumbre, no parece que se trate de ningún sometimiento esclavizador.
En contraste, en toda América Latina, los Estados Unidos, Canadá y gran parte de Europa occidental la limpieza en los colegios es tarea de personal contratado. El debate sobre si los estudiantes deberían participar aparece en algunos ámbitos académicos, pero no se ha convertido en práctica extendida. El cagazo por dar un paso hacia lo correcto pero que podría ser interpretado como un error político político 8y grave) paraliza a miles de dirigentes. Espanta saber y ver cómo en la mayoría de las naciones de Occidente, funcionarios se aferran de manera obscena creciente a hipotéticas fórmulas de éxito para la supervivencia en sus cargos.
La diferencia cultural es evidente: en Asia se entiende que el cuidado de la escuela es parte de la educación cívica, mientras que en Occidente se lo considera un servicio laboral. Buenos Aires, con este nuevo protocolo, se acerca más al modelo asiático, aunque lo plantea como una política pública reciente y no como una tradición arraigada.
La experiencia internacional muestra que estas prácticas pueden reducir el vandalismo y fortalecer el sentido de pertenencia, siempre que se acompañen con estrategias pedagógicas y participación activa de docentes y familias.
Ahora bien, una cosa es una cosa y otra, otra.
Habría que ser doblemente necio para no entender los límites o llamarse a engaño.
La polémica sobre si los chicos deben participar en tareas de cuidado escolar se volvió un campo minado de exageraciones. Hay quienes se animan a hablar de explotación como si ordenar un aula o limpiar un pizarrón fuera equivalente a trabajo forzado. Esa mirada desconoce lo que ocurre en los países que ya henos señalado, donde la rutina de limpieza diaria es parte de la formación cívica y moral, y nadie lo confunde con precarización. Allí se enseña disciplina, respeto por los espacios comunes y responsabilidad compartida.
En cambio, acá se instaló la idea de que cualquier esfuerzo es sospechoso. La generación de cristal se crio bajo la consigna de que todo debe estar servido, como si la escuela fuera un hotel con servicio de limpieza incluido. El resultado es una lotería de jóvenes semipreparados, distraídos, que confunden derechos con privilegios y que nunca aprendieron que cuidar lo propio también es parte de la educación.
¿Quién puede ser tan torpe de creer que se trata de imponer cargas laborales?
En la política real, nadie.
Pero en la política real las chicanas son deportivas. Entonces, como no se trata de torpezas, se deschava la especulación de los que aducen el argumento del trabajo infantil. Son apenas unos minutos para fomentar los hábitos que ellos mismos jamás lograron alcanzar.
Pensándolo mejor, son unos hijos de puta, que se están desesperando por evitar que sus propios hijos queden en la evidente desventaja comparativa a la que van en camino. Porque se supone que los envían a escuelas públicas, ¿verdad? Y se supone que es por eso que discuten y levantan sus banderas ideológicas. ¿O qué? ¿Acaso no es así? ¿Perdón? ¿Mandan a sus hijos a escuelas privadas? ¿Justo allí, donde es común que hagan «trabajar» a los chicos?
No sé cuál de las dos opciones, que surgen para estos casos, usar: «No puedo creerlo» o » Me cago de risa». Ellos mismos saben que esas acciones fomentan conductas y rutinas que les mejorará el futuro. No es otra cosa que reforzar la recuperación hábitos básicos: levantar lo que uno ensucia, respetar el mobiliario y entender que el espacio común es de todos. Es absurdo y ridículo perder la oportunidad que tendríamos de convertir esas prácticas en aprendizaje.
En ese complemento educativo podría estar la diferencia entre una comunidad que se ordena de otra que se desentiende.
Lo que Juancito aprende, Juan nunca lo olvida. Es mil veces preferible escucharla como la acabamos de plantear, a hacerlo por la negativa moldeada por el escritor peruano Afredo Bryce Echenique, ya que nos resultará lapidaria e inapelable: «Lo que Juanito no aprende, nunca lo aprenderá Juan.»
La polémica, entonces, revela más sobre quienes la agitan que sobre los chicos. Es otro efecto del facilismo ideológico que, del reparto indiscriminado de supuestos derechos, hizo una bandera. Ya seguir el sendero hasta a llegar a que cualquier irresponsabilidad sea vista como un gesto de «rebeldía revolucionaria», pasa a ser too much. En lugar de optar por la formación ciudadanos conscientes, prefirieren siempre alimentar la comodidad, para cuando ellos gobiernan y la queja, cuando están el llano.
Y ojo, que no todas las comparaciones son odiosas. Ocurre que casi siempre sí lo son para quienes se atragantan cuando tienen que escucharlas y no les queda otra alternativa que comerse el sapo:
Éramos niñas y hacíamos estas cosas. Cumplíamos estas actividades sin que nuestros padres salieran a trompear a los docentes. No tenáimos el ritmo de hacerlo de manera permanente, pero éramos las mismas chicas que habíamos organizado las kermesses y otras actividades en los patios del la escuela, las que nos encargábamos que todo volviera a la normalidad. No sólo nadie nos vulneró en nuestra esencia infantil esencial, sino que, como en todos los casos del objetivo cumplido por una actividad realizada en grupo, nos quedábamos con una sensación de satisfacción que no podía ser igualada por un 10 en matemática ni por la felicitación de ningún profesor, preceptor ni Madre Superiora por motivos escolares vulgares, mediocres y rutinarios.
La discusión debería ser otra: cómo transformar esas rutinas en enseñanza, vincularlas con valores de convivencia y cómo evitar que la escuela se convierta en un espacio donde todo se deteriora porque “alguien más” se hará cargo. Esa es la verdadera pedagogía del cuidado, y no tiene nada que ver con explotación. A ideólogos, ideóloga y medio.
@bigyan.lama95 In Japan, high school students daily clean their classrooms, hallways, and, at times, restrooms for 15–30 minutes as part of a cultural and educational tradition known as o-soji. #followers #bigyanlamajapan #classroom #japneseculture









