• Diario 5 -Buenos Aires, sábado 5 de septiembre de 2026

Algunos fierreros sentirán nostalgia porque la tribuna de la Horquilla del viejo Autódromo Municipal, ya fue demolida. Ahora, el Oscar y Juan Gálvez podrá extender su trazado. La pista debe conseguir la homologación de la FIA, si Buenos Aires aspira a ser sede del GPRA de Fórmula 1, después de 28 años. Sin embargo, a los que acostumbran a deshacerse de elementos que barren con energías no deseadas, los aliviará la desaparición de las gradas en las que miles de argentinos lloraron de desilusión. Muy propio del deporte: la gloria que puede escaparse en segundos, la multitud que pasa del júbilo al silencio y un piloto sentado junto a su auto detenido. ¿Quién se anima a contradecir que la imagen bien podría encarnar la fragilidad de los sueños colectivos?

 

 

El 13 de enero de 1974, Carlos Reutemann lideraba con comodidad el Gran Premio de la República Argentina. Sí, efectivamente, en el Autódromo de Buenos Aires que ahora es remodelado. A media vuelta de la bandera a cuadros, su Brabham BT44 se quedó sin combustible y la ilusión de 80 mil espectadores se transformó en silencio y tristeza.

La jornada había comenzado con entusiasmo. Era la primera carrera del año y el debut de Reutemann en Fórmula 1 frente a su público. Desde temprano, las tribunas se llenaron de familias, grupos de amigos y fanáticos que habían viajado desde distintas provincias. El clima era de fiesta: banderas argentinas, cánticos y la expectativa de ver al santafesino ganar en casa.

Durante gran parte de la competencia, Reutemann dominó con autoridad. Llegó a sacar más de 27 segundos de ventaja sobre Denny Hulme, el campeón neozelandés. Cada giro aumentaba la confianza de la gente, que se acercaba a los alambrados para presenciar lo que parecía un triunfo histórico. Incluso el presidente Juan Domingo Perón, acompañado por Isabel Martínez y López Rega, había llegado en helicóptero para presenciar la definición desde el palco.

La escena cambió de golpe. En la última vuelta, el Brabham número 7 se detuvo en la entrada del sector mixto. El motor había consumido más combustible de lo previsto y el tanque quedó vacío. Reutemann bajó del auto y se sentó en el asfalto, desconsolado. La imagen recorrió el mundo: un piloto que había dado una clase de manejo, detenido a metros de la gloria.

El público quedó paralizado. Muchos no entendían qué había pasado. El silencio fue inmediato, seguido por gestos de incredulidad y lágrimas. La fiesta se transformó en un duelo deportivo. Los que habían preparado banderas para celebrar guardaron sus telas sin desplegarlas. Los que habían viajado largas horas regresaron con la sensación de haber presenciado una injusticia.

En el palco, Perón se acercó a saludar a Reutemann. Hubo un gesto simbólico: le entregó una lapicera, que el piloto conservaría durante años. Ese detalle político y personal quedó como recuerdo de una jornada que entrecruzó deporte y contexto histórico.

La derrota fue técnica, no de conducción. El equipo había cometido un error en la carga de combustible tras un problema con la suspensión. Faltó menos de medio litro. Reutemann lo explicó años después con serenidad, sin hablar de mala suerte, sino de un detalle mecánico que le costó la victoria.

Para los hinchas, aquella tarde quedó marcada como una de las grandes frustraciones del automovilismo argentino. No hubo exageraciones: fue tristeza pura, contenida, sobria. La certeza de que se había perdido una oportunidad única, pero también el orgullo de haber visto a un piloto nacional dominar a los mejores del mundo.

Fotos GCBA








 

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