
La Ciudad insiste en campañas para concientizar sobre el respeto al peatón. Y está bien. Pero la práctica diaria muestra que la prioridad al que camina sigue siendo mínima. Los automovilistas —incluidos funcionarios de todos los niveles, poderes e intereses políticos— privilegian el avance del vehículo por encima de la seguridad de quienes caminan. Este punto es tan indiscutible que hace callar a la derecha, la izquierda, el peronismo, el socialismo, el radicalismo, la policía, los militares, los jueces, los fiscales, os empresarios y los sindicalistas. Los discursos oficiales se repiten pero en la calle el peatón continúa siendo el eslabón más débil.
Así y todo, CABA se acuerda de la fecha, mientras que la mayoría de las provincias, bien gracias, respecto de este tema.
Diferencia de experiencias. Quien se mueve a pie de manera permanente, incluyendo a quienes usan transporte público, vive la vulnerabilidad en cada cruce. En cambio, muchos conductores sólo son peatones en el trayecto entre el garaje y el domicilio o, peor aún, entre la cochera y la puerta de su departamento.
Con ese «piso» podríamos encontrar una explicación o un redondeo de conceptos acerca de por qué el respeto al peatón no se convierte en hábito.
Las campañas apelan a la conciencia, pero no modifican la práctica. Los operativos de tránsito se concentran en sancionar infracciones visibles, mientras que el gesto cotidiano de ceder el paso rara vez se controla. El resultado es un espacio público donde la prioridad peatonal es más un slogan que una realidad.
La insatisfacción crece no solamente porque el problema no es nuevo. Pero siempre se renueva. Desde hace décadas se repiten consignas del tipo “primero el peatón”. Ahora bien, Una cosa es que la cultura vial (en la Argentina y otros países) siga marcada por la supremacía del automóvil y otra es que se base en el poder que le confiere un vehículo al idiota que maneja.
La falta de empatía emana con gran energía en esquinas inseguras, cruces improvisados y una convivencia urbana que nunca termina de consolidarse.
Vivimos en esa contradicción: campañas que se multiplican, mensajes que se difunden, pero una práctica que no cambia. El respeto al peatón sigue siendo un discurso de relativo contenido a valorar.









