
Vayamos al primer elemento que tomaremos en cuenta para luego demostrar que algunas de las quejas que la sociedad escupe Son un efecto tardío de sus propias responsabilidad e irresponsabilidad política. Es que en medio del momento más crítico para el gobierno nacional, con un presidente desposicionado en el orden racional y completamente alejado de toda capacidad de presentar públicamente algún atisbo del equilibrio emocional al que está tácitamente obligado a demostrar el funcionario que se entalla en la investidura máxima e entendemos oportuno el momento para inyectar un criterio que la sociedad toda merece leer, escuchar y darse por enterada.
Vayamos al segundo de esos elementos. Algunos de los que se quejan son los desencantados con Milei, es decir, personas que lo votaron y esperaban que, a esta altura de los acontecimientos, se pudiera encontrar la sociedad con algo más potable en el nivel general de vida. Los otros que se muestran contrarios a todas las políticas del gobierno falazmente llamado libertario, son el kirchnerismo, la izquierda y las personas que, circunstancialmente vota las propuestas justicialistas.
En una palabra, después de 37 años de tener gobernando y reventando a la Argentina al peronismo y a la derecha, alternándose en la devastación de una de las naciones más hermosas del planeta, ninguna de esas horribles personas -que con su voto sigue aportando y apostando a la desgracia argentina- se dio por enterada de que las dos agrupaciones político-ideológicas a las que va eligiendo estúpidamente desde 1989, se dio por enterada de que el traicionero golpe de estado que dejó afuera del poder a la única persona que les habría solucionado la gran mayoría de los problemas que los aquejan, es decir, Raúl Alfonsín, fue perpetrado, precisamente y en conjunto, por los grupos de poder a los siguen votando graciosa, ignorante y mecánicamente, sin solución de continuidad.
La caída de Alfonsín, provocada por el poder financiero del país y motorizada por la vocación destituyente y la angurria de poder del peronismo, que nunca logró digerir la derrota de 1983, fue aceptada sumisamente por tibiaje argento, ese que vota según las simpatías que le disparan los candidatos en las pantallas, jamás por entender qué podrían hacer ese fulano o tal mengana en el poder.
Al sentirse víctimas exclusivas del golpe de Estado del ’76, los peronistas entendían que el pueblo les debía la lealtad que ellos dicen tener entre sí, como cuando un compañero encumbrado se pone generoso y le emanan beneficios corporativos.
Jamás existió el «Centro». Jamás existio la «Ancha Avenida del Medio». Jamás existió una manera de ejercer el delicado equilibrio que amerita el poder poniéndolo distante de las latentes depredaciones de la derecha y el peronismo que no fuera en manos del político más importante que tuvo en Siglo XX y que se llamó Raúl Alfonsín. Ellos se chicanean llamándose mutuamente «peronchos» y «gorilas». Pero se necesitan cuando el poder no está en manos de alguno de ellos. Por eso el pacto militar-sindical, la desesperación por evitar la democratización de los sindicatos en 1984 y el traslado de la capital, el matoneo carapintada, los silbidos en la Exposición Rural y el gran fin de fiesta con la orquestación de los saqueos.
La mayoría de la gente, en una de las mayores operaciones de manipulación masiva de la historia política mundial, se sintió satisfecha de ver el ocaso anticipado de la última administración que mantuvo el empleo pleno, las industrias alimenticias en crecimiento y una exportación que le ganaba a la importación.
Pero el mercado esperaba un plan de privatizaciones fulminante, indultos a los ex comandantes para tranquilizar a los cuarteles y algunas libertades que algunas regulaciones necesarias impedían. En 1988, un círculo rojo compacto, extenso y coreografiado, comprobó que tenía poder de fuego financiero para obligar al estado a emitir moneda hasta vomitar de inflación.
Buena parte del país, especialmente periodistas, se tomaban en joda lo sucedido en La Rioja en 1989, cuando un miembro del poder mediático presionó al recientemente electo presidente Carlos Menem -y en la cara del ministro Terragno- para conseguir anticipadamente las licitaciones de TV más ambicionadas del empresariado de medios.
Lo dejamos ir.
Y ahora, en la certeza de que un 27% del electorado -y creciendo- tiene en claro que no quiere volver a ninguna variante de peronismo en el poder no a ninguna forma de expresión de la derecha, ni conservadora, ni liberal, ni libertaria cabría un buen examen de conciencia para reconocerse (o no) entre la turba troglodita que hace 37 años aplastó como un maple de huevos lo mejor que teníamos. Incluso si tal actitud de mierda fue tomada por sus padres o abuelos.









