
Si hay quienes piensan que las redes sociales siempre fueron en un pantano donde florecen las peores miserias humanas, valdría la pena saber si esas personas -con cuya premisa estamos de acuerdo- tienen cuentas abiertas en esas plataformas. Y si suelen ingresar a ver qué se publica allí.
El anonimato puede ser el disfraz perfecto para que los mediocres vomiten su frustración. Siempre con cuidado porque, muchas veces, espiar a los incautos equivale a la cobardía de cazar en el zoológico. En los servicios de comunicación múltiple disponibles en las redes, se mezclan las envidias, los odios, la impotencia de los necios y la gigantesca ignorancia que circula como moneda corriente. El resultado es venenoso: insultos, amenazas, burlas y operaciones de desprestigio.
La Selección Argentina de Fútbol viene siendo víctima de esa toxicidad.
Uno de los resultados más exasperantes es la hipocresía. Muchos de esos usuarios que se esconden detrás de un avatar, se indignan si alguien «los trata mal» (incomprobable) en persona, pero en la red se sienten con derecho a destrozar a cualquiera. La cobardía más rancia puede disfrazarse impunemente de valentía cuando no hay rostro ni nombre que dar.
Las redes se llenan de acomplejados que las van de jueces que dictan sentencias virtuales, menos que imaginarias y obviamente, sin pruebas. Y se imponen millones de opinólogos que jamás leyeron un libro y hordas de resentidos que descargan su fracaso en otros, muchas veces, gente que merecería el reco0nocimiento opuesto al que estos ámbitos recibe. La mediocridad se multiplica en cada puto comentario anónimo. Y lo que debería ser un espacio de intercambio, se convierte en ring de insultos, casi siempre berreta y repetidos, porque-dado que los trogloditas no tiene clase para nada- ni putear bien, saben. Es como usar mierda para tapar la basura.
En la mayoría de estos medios, la ignorancia es un combustible de base. Se viralizan mentiras, se inventan conspiraciones y se ataca a personas por rumores que corren velozmente.
La falta de criterio se transforma en espectáculo.
Y hay un público para aplaudirlo.
Y tenemos que sumar el anonimato a la cultura de la impunidad digital. Nadie se hace cargo de lo que dice ni responde por el daño que provoca porque, por ahora, no hay normativas posibles para conseguir algún control.
La pregu7nta más fuerte es: ¿Por qué carajo alguno nos damos cuenta de esto es un problema y a otros les importa un pito? ¿A cuánto desciende la corrosión de valores ante la evidente educación fallida? ¿A cuántos responsables con poder en la Argentina les alcanza esta afección?
En el factor «sálvese quien pueda», que las redes se llenen de basura emocional no es demasiado considerado. Pero no es queintoxica a todos? Y… sí. Pero algunos pueden pensar: «entre las bases mi propia educación y la que reciben mis hijos, ellos va a zafar de convertirse en unos idiotas por obra y gracia de su vínculo con las redes sociales». En tanto, por otro lado están los que, ideológicamente, se llenan la boca con que el «sálvese quien pueda» es individualismo puro y falta de solidaridad. Entonces permiten que sus hijos se contamiene de manera directa de la mierda de las redes, total, es «Cultura compartida».
La indignación es inevitable. Buena parte de Lo que circula en esas plataformas – y muy especialmente, los que se comenta de cada posteo- tiende a ser violencia moral en su estado más salvaje disfrazada de opinión, dejando muy lejos los conceptos de debate y crítica, aducidos pasionalmente por los que aman blablear, aunque el mundo se caiga a pedazos a su vista.
Es exasperante ver y comprobar el resentimiento convertido en entretenimiento. Si la decadencia que le sigue a la frustración de los mediocres -amplificada por algoritmos que premian el escándalo- no es advertida o por quienes podrían aportar una mejora o una solución desde puestos de gobierno, no vamos a aceptar que en el futuro nos vengan a señalar a los que la estamos viendo como traidores que no avisamos.







