Cuando aparecen enfrentamientos entre periodistas kirchneristas y macristas, el papelón mutuo queda asegurado.

No es que Pedro Rosemblat se equivoca cuando pretende reducir a “un chiste” las alusiones a Máximo Kirchner. No se trata de compensar humor con humor, sino de observar el mecanismo de blindaje político: sí, jugaba a la Play Station y todo el espectro político lo sabe. Pero lo que el streamer marca como supuestamente molesto es la parte «jodida» del mensaje: «Un gordito que jugaba a la Play». El Modo Discri habilita a cualquier pato abogado a ejercer la defensa de algún ganso en problemas.
Aburre la repetición de ese concepto que por mucho que lo hayan petrificado, jamás se convirtió en veraz: cualquier crítica a un dirigente peronista es automáticamente un ataque al peronismo. Esa falacia corporativista es la que sostiene la hipocresía de un sector que confunde la protección de personas con la defensa de causas.
En el cruce con Nicolás Wiñazki, ambos periodistas apelaron a etiquetas de discriminación que no corresponden. Si el problema fuera la identidad judía, como sugirieron en tono de víctima, nadie se detendría en lo que “este judío” dice de “aquel otro judío”. Cuando un judío ataca a otro, a nadie se le ocurre llamarlo antisemitismo. Pésimo, porque invisibiliza la gravedad de los hechos y convierte al concepto en un recurso de ocasión, independientemente de que haya miles y miles de casos con ese efecto.
Rosemblat aprovecha una pelea menor para acelerar en defensa de ex funcionarios que mandan a militantes a gritar que están injustamente presos, pero ellos nunca se animan a decir que son inocentes. La narrativa victimista se viene sosteniendo en la denuncia de persecución, no en la demostración de transparencia.
Y conviene aclarar otra cosa: la expresión “gorila” no es un gesto cariñoso, como Rosemblat intenta suavizar. Es un insulto político, cargado de desprecio, que busca deslegitimar al adversario. Convertirlo en un apodo simpático es otra de tantas formas de manipulación discursiva.
Finalmente, desde este humilde pero combativo espacio del libre pensamiento, podemos asegurar -sellando a fuego- que cuando se escucha decir «Yo soy un periodista y él, un militante político» -como hizo Wiñazki con Rosemblat- y se va ofreciendo respuesta a cualquier estupidez periférica pero no a semejante ofensa profesional, vemos que la concesión es innegable y que no hay tal ofensa, sino orgullo.







