• Diario 5 -Buenos Aires, domingo 31 de mayo de 2026

Agostina Vega, víctima de un puto asesino, de sangre merdosa

La muerte brutal de la adolescente horroriza al país. La posibilidad de que el móvil sea su asquerosa sed de venganza por perder cercanía con la madre de la nena.

Cegados por su imposibilidad de aceptar que una mujer se quiera liberar de sus detestables humanidades, actúan forzados por ideas trogloditas, como la de sentirse vulnerados en la falsa sensación de dignidad cuando se los abandona y apuntan sin medir consecuencias a responder con el máximo daño que se les ocurra y perpetran cualquier tipo de crimen.

Agostina Vega, víctima de un puto asesino, de sangre merdosa

¿Alguien, acaso, quiere proponer alguna manera más decorosa de decir lo que todos saben? ¿Realmente no hay nada que hacer cuando tenemos la confirmación de que hay tipos que no soportan perder? No toleran que una mujer se les escape, que se les libere, que les diga basta.

Como cavernícolas con ego podrido, reaccionan con la violencia más cobarde.

El choto, hijo de un millón de putas, encima, le descuartizó a la hija, a la que, indudablemente, buscó seducir previamente.

De una vez por siempre, el periodismo extirpó de las redacciónes la expresión «Crimen pasional». Donde jamás hubo amor y la pasión es una duda, las malas consecuencias tampoco son locura:  es la miseria de un sorete que sabe que nunca más en su trucha vida va a tener cerca a una mujer que le deje alguna sensación de gloria

La circunstancialidad de la belleza, la frescura y la luz femeninas en la vida de un machista extremo con inestabilidad emocional y cero educación, no le permite aceptar su derrota y puede decidir arrastrar a todos al infierno.

Estos asesinos son la escoria que se disfraza de personas. Se creen dueños de cuerpos, de vidas, de futuros. Cuando la mujer se les va, sienten que su “dignidad” se derrumba, como si la dignidad dependiera de encadenar a alguien. En esa caída -la impotencia del pusilánime-  eligen el camino más bajo: destruir lo que no pueden poseer. Son ratas que se alimentan de su propio fracaso, que convierten la frustración en odio y el odio en crimen.

La filosofía de estos cobardes es la del vacío. No sienten celos. Es envidia. Incluyendo la envidia a quien dicen amar. Como no alimentan nada edificante durante la menos que mediocre relación que ofrecen, no soportan mirarse al espejo y ver que no son nada sin la mina que los rechazó. ¿Y si es un minón, la que miraban todos y todos querían levantarse? «Yo me la levanté, gato… cerrá el orto»

¿Soportar la idea de que la mujer que tuvieron cerca fue un accidente irrepetible?

Casi nunca es soportable para quien no está preparado para ser alguien.

Y entonces, en vez de aprender, en vez de crecer, se hunden en la podredumbre de su propio resentimiento. Son el recordatorio de que la violencia machista no es un exceso, es un sistema de pensamiento enfermo que convierte el rechazo en sentencia de muerte.

Agostina Vega no murió por azar. Un gusano incapaz de aceptar su insignificancia decidió que su ego valía más que su vida.

Sí, siempre da miedo que existan sujetos que toman el eventual devenir de los vínculos, como ofensas sacras medievales y sienten que ante tal pérdida, pueden elegir el crimen como último acto de poder. Nunca sabremos si en en comando del horror de su cerebrucho, creen que matar es una forma de recuperar lo que ya no tienen.

 

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