
¿Qué clase de extraño síndrome se viene imponiendo en una cantidad importante de personas que pretenden demostrar- frente a otros- que su criterio y sus acciones conllevan a manera correcta de recordar el 24 de marzo de 1976?
Como suplemento a que traemos demasiados años enfrentando la hipocresía los que cambian su propia historia, contándoles a sus hijos sobre lugares que no conocen, recitales a los que no asistieron y decenas de supuestas aventuras setentistas que jamás tuvieron, imaginará el lector -por un momento- cuánto se multiplica rotura de pelotas cuando la temática central es la política y los autopercibidos cultores de la memoria se acomodan frente al cofre e inician su rancio show de falsa magia.
De alguna galera o, quizás de la nada misma, los más jóvenes comienzan a enterarse de que el padre, el abuelo o el tío, aquel al que le conocimos las mañas de aparentar pertenencia a alguna clase social privilegiada -colgándose entre el pasacintos del Wrangler, un ridículo cuentaganado que lucían en las Fiestas de baile con Alejandro Pont Lezica como DJ- parece que guardaba acciones de lucha, defensa de los DDHH y alzó con valentía las banderas de la libertad frente a los grupos de tareas
El aludido jean, que a más de un padre le costó un décimo de su sueldo y tantas actitudes que les conocimos, eran -en su mayoría- símbolos claros de todo lo que no soportaban los que luchaban contra la dictadura.



















































