
Cuando se acaba el flash, la tarima ya no brilla y queda sólo el eco del griterío, aplausos y salidas del teatro con selfies y autógrafos, aparece la zona gris de la realidad. Todos podemos sufrir. Pero esta demuestra haber sufrido grosso. Sí, se la ve fuerte y combativa pero no por eso menos víctima de un troglodita.
Ya lo sabe el país: La cantante Lowrdez Fernández -la de Bandana- estuvo desaparecida unos días. Al principio, todo pintó como una exageración de su vieja, con la que parece que se chamuyaban poco y nada.
Pero una cosa es una cosa y otra, otra. Y aquí, la cosa es que un piratoide maestro del maltrato —un tal Leandro Esteban García Gómez— está señalado con todas los focos encima. El espamentoso tipejo mostró su ristra de hilachas en un cruce con periodistas en la lleca. Y no asoma como cualquier afanancio de tres al cuarto: ya tenía denuncias de violencia de género, amenazas, privación de la libertad, merqueta… una lista más completa que ficha técnica de crucero.
La justicia lo procesó con preventi. ¿La cazamo’? Está guardado mientras la víctima, Lowrdez, trata de recomponer los pedazos de lo que fue su vida pública, aunque -y es comprensible- disimulando esa desgracia de haber caído en manos de esa cosa.
El tipo que te promete amor y te mete miedo, que controla el teléfono, la bebida, los pasos… ese cabeza de adoquín dista de ser hombre. Es, como indica mi diccionario lingüístico, para identificar lo peor en humanos varones, un verdadero puto. No es sólo la violencia física. Estos teresos curten dominio psicológico, chantaje emocional y mucha humillación disfrazada de un supuesto amor «abarcativo».
El chogua en cuestión resultó un auténtico Daikiri: te entra dulce y te termina pegando. Lowrdez demostró que el bocho le funciona bien: “Amor es la falta absoluta de sufrimiento. El amor no duele.” Pero un puto de raza, como García Gómez, nunca se confunde y va derecho a la violencia.
Te dejo un tip rápido, onda sticker de heladera: La popularidad también sangra. Jamás comerse que en la farándula prima brillo. Es que, cuando sangra, adiós escandaletes. Surge la verdad. Y mejor obviar a los moralistas de sofá cuando horrorizan si nos expresamos con las palabras justas. El que golpea, amenaza, encierra y luego juega posar de víctima, debe ser identificado con el concepto real que lo define: puto.







