
Vivir en un edificio supone compartir, dividir y distribuir muchas cosas. Pensar la vida consorcial como un laboratorio de convivencia no es mala idea. ¿Todos en un edificio tienen en claro que la vida allí excede las expensas y quién paga a tiempo?
Mantenimiento, seguridad o limpieza se manejan con decisiones. ¿Nada más que para sostener un espacio común?
Nada menos
Los consorcios son ámbitos misteriosos. Allí siempre se cruzan intereses distintos: el vecino que exige orden, el que reclama austeridad y el que busca comodidad inmediata. Administradores y encargados funcionan como mediadores pero la tensión nunca desaparece. La convivencia se construye en discusiones sobre arreglos de ascensores, horarios de recolección de basura o la contratación de un proveedor.
Discutir bien es hacer crecer los vínculos.
Se puede hacer que las paredes no sean límites sino son fronteras -porosas, como tantas fronteras- donde se negocia el uso de pasillos, terrazas y garajes. La seguridad, los acuerdos, la limpieza, las rutinas, los gastos comunes y otros asuntos, convergen en una economía que obliga a pensar en el otro.
¿Alguien se arriesga a negar que la convivencia consorcial es un espejo de la convivencia urbana? Aparte de que lo que sucede en un edificio no es menor, podemos pensarla como la base de cómo Buenos Aires o cualquier urbe se organiza a nivel comunidad.
Tema Convivencia en Edificions, abierto.









