
«No podemos pasarnos cuarenta años más hablando de los cuarenta que pasaron», dice José Miguel Ferrer, el locutor ficticio interpretado por José Sacristán en la película Solos en la madrugada (1978). Ese personaje, un hombre desencantado que habla a su audiencia desde la radio en la España de la transición, se convierte en símbolo de una generación que necesitaba dejar atrás el franquismo para abrirse a la democracia.
Hoy, en la Argentina, esa frase adquiere un eco particular, un día después de cumplirse 50 años del último golpe de Estado militar. Medio siglo después,
¿Seguimos hablando de lo que pasó?
Debemos hacerlo.
La memoria es el cimiento de la justicia y la democracia. Pero también debemos evitar que el recuerdo se convierta en un ejercicio estéril, atrapado en el pasado, sin conexión con los desafíos del presente.
Ferrer pedía a su público que no quedara prisionero de la nostalgia o del dolor, sino que se animara a construir futuro.
¿Acaso conseguimos que en nuestro país, el “Nunca Más” sea algo más que un lema? El compromiso activo con la democracia, con los derechos humanos y con la participación ciudadana no se ha mostrado pleno en estos 50 años. Ni siquiera en los militantes más aguerridos encontramos una respuesta honesta al 100%.
Nadie tiene la culpa de eso.
Mientras tanto, recordar a las víctimas del terrorismo de Estado, honrar a los desaparecidos y mantener viva la verdad frente al negacionismo es imprescindible.
A propósito: ¿Es negacionismo dejar en claro que no era necesario forzar cifras por confort político?
También es oro en mano proyectar una democracia que se fortalezca con nuevas generaciones que aprendan de la historia sin quedar paralizadas por ella.
Alguien, libre de las dos ideologías extremas que nos han abrumado en 120 años debería lanzar la invitación a pensar qué democracia querríamos para los próximos cincuenta.
Si la memoria sin acción se convierte en silencio y el silencio abre la puerta al retroceso, alguien deberá decirnos con sinceridad absoluta cuál es el posible destino del argentino a partir de nuestra idiosincrasia.
Sabiendo que si algo nos enseñó la historia argentina es que nos cuesta aprender, tengamos un Día Después.



















































