• Diario 5 -Buenos Aires, miércoles 25 de marzo de 2026

Jorge Macri ratificó su compromiso con el orden y la seguridad y quiere impedir que la gente viva en la calle

Jorge Macri se presentó ante la Legislatura porteña con un discurso que terminó de sepultar cualquier rastro de la moderación culposa que caracterizó a gestiones anteriores, para entronizar una narrativa donde el orden no es solo una herramienta, sino un valor moral en sí mismo. Al afirmar que la «Ciudad del vale todo se terminó», el Jefe de Gobierno no solo le habló a los legisladores, sino a un electorado porteño que parece haber canjeado la tolerancia por la demanda de veredas despejadas y plazas sin acampes.

Su enfoque sobre la gente en situación de calle fue quizás el punto más audaz y polémico de su alocución: al calificar de «inhumano» el hecho de vivir en la intemperie, Macri intentó dar vuelta la taba del debate progresista, argumentando que la verdadera crueldad no es retirar a alguien de la calle, sino permitir que su derecho a «decidir» se convierta en una condena a muerte por adicciones o problemas psiquiátricos. La comparación con la gestión de Mujica en Uruguay fue un movimiento táctico inteligente para blindarse de las críticas por derecha o izquierda, buscando un consenso que le permita forzar la asistencia a quienes hoy la rechazan.

En esta hoja de ruta para 2026, la seguridad se convirtió en el eje gravitante que lo conecta con el discurso nacional de Milei, aunque con un sello propio de gestión local. Los proyectos de Ley «Antitrapitos» y la Ley de Vandalismo («Rompe Paga») son caramelos retóricos para una clase media agotada de las microagresiones urbanas y el deterioro del mobiliario público.

Macri trazó una frontera clara y alta: de un lado, el vecino que paga impuestos y quiere caminar tranquilo; del otro, las «minorías violentas», los «trapitos extorsionadores» y un conurbano que, según sus cifras, le exporta el 70% de su marginalidad. Este pase de factura directo a Axel Kicillof, sumado al reclamo por la coparticipación a Nación, muestra a un Jefe de Gobierno que, si bien se muestra alineado en lo macro con el oficialismo nacional, no está dispuesto a que la Ciudad sea el «patio de juegos» de las crisis ajenas.

Más allá de la mano dura y el control del espacio público, el discurso intentó equilibrar la balanza con una fuerte dosis de tecnoptimismo y eficiencia administrativa. Desde la mención a la acreditación de 7,000 docentes en herramientas de Inteligencia Artificial como Google Gemini hasta la promesa de la primera línea de TramBus eléctrica y la licitación de la histórica Línea F, Macri buscó proyectar una Buenos Aires que, a pesar de la crisis, se permite soñar con ser una capital del primer mundo.

Sin embargo, el corazón de su mensaje quedó latiendo en la calle: en esa tensión constante entre la limpieza profunda, el «Sello Plateado» para mayores y la urgencia de una Ley de Salud Mental que le permita intervenir donde hoy el Estado se queda corto. Fue, en definitiva, el discurso de un administrador que ha decidido que su éxito se medirá por la capacidad de devolverle al porteño una sensación de previsibilidad que la Ciudad había perdido entre piquetes y contenedores transformados en refugios.



 

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