• Diario 5 -Buenos Aires, sábado 20 de julio de 2024

La desaprensión de las autoridades del Banco Nación y de la Administración de la Tarjeta Sube sigue su curso. Sobran las pruebas de que a nadie de estas insensibles autoridades le importa absolutamente nada que las personas que realizan la carga online desde una PC  a través de los diversos homebanking, se encuentren con el lógico y obligatorio perfecto funcionamiento de los sistemas de validación para que puedan subir al transporte público en tiempo y forma.

La burla supera todos los límites.

Mientras la sociedad se entera de que en el «banco de todes», usan el dinero de los contribuyentes en la contratación de una numeróloga para asesoramiento personal de una desvergonzada directora y con el aval de la inerte presidenta del banco, la obligación de la institución de tener en perfecto funcionamiento los validadores de las cargas online de saldo para la tarjeta SUBE, instrumento fundamental para que las personas que no usan autos (y menos que menos, autos ofuciales con chófer),  NO SE CUMPLE.

Diario 5, en varias oportunidades se hizo cargo de hacer notar la falta de funcionamiento digital de los dispositivos montados en un atril en las salas de cajeros automáticos del Banco Nación. Pues, ahora, la manera de demostrarle al público que no van a cumplir con el compromiso de honor de facilitarle el acceso a la validación de la carga que pagaron con anticipación y que les habilita el acceso a colectivos, trenes, subtes y premetro, es esta manera subrepricia de decirle a la población «No me jodas, que esto no anda y es peligroso».

La inmoralidad de varios de los equipos comandados por la señora Batakis -la condición atribuída a sus lacayos se iguala con alta evidencia de la suya propia- abre la sospecha de que se viene el gran negocio de la SUBE interactiva, con tecnología NFC. Se trata de una tarjeta que, por sus características digitales vinculares, no requeriría una validación en un dispositivo externo, ya que estará preparada para funcionar directamente en las lectoras que cobran los boletos antes de cada viaje.

A todos nos encanta que la tecnología nos dé una mano u nos facilite las cosas. Pero hay que ser canalla para «apurar» el cierre de la operatividad del sistema actual, haciendo – a propósito- que no fuencionen casi nunca, de tal manera que los usuarios alcancen un nivel de tedio que pidan a gritos que hagan algo para solucionarles un problema que jamás debió haber existido.

¿Por qué?

Porque hacer funcionar los validadores 24/7 no es un operativo de la NASA. Es arreglarlo apenas tiene un problema. Y punto.

¿Por qué permiten el creciente deterioro?

Porque están esperando hacer un negocio monumental con las nuevas tarjetas SUBE.

¿Serían necesarias?

Definitivamente, no. El motivo que asegura que no sería necesario cambiar todas las tarjetas SUBE es porque en el sistema actual, mixto en cuanto a los posibles orígenes de carga de la tarjeta, quienes lo hacen pagando en efectivo en las cabeceras habilitadas, pueden seguir haciéndolo. En tanto, con extender la red de validadores de carga online, todo estaría solucionado.

¿Por qué lllegamos a este problema?

Porque al paso de los últimos años se fueron incorporando y habilitando para uso en el sistema de pago de pasajes a través de la tarjeta SUBE, diferentes dispositivos con tecnologías mediocres y poco operativas. Nadie niega que los robots amarillos distribuidos en las estaciones de Subte proveen cierta practicidad para realizar una carga de la tarjeta, siempre pagando en efectivo. Pero si esos dispositivos no validan las cargas online, ya estamos hablando de aparatos vetustos. Lo mismo ocurre con las lectoras/cargadoras de las ventanillas de las estaciones de subtes y trenes, que sólo operan cash.

El aspecto más burlesco que nos queda por remarcar, es que desde el Estado se fomenta la bancarización para una supuesta seguridad de la población (mucho más lo hace para tener el mayor control posible del flujo general de dinero) pero a la hora de tal tendencia de las personas a tener todo encorsetado dentro de la red financiera que la AFIP observa cual monje rector de la Abadía, al llegar la hora de que  los argentinos se beneficien por el uso de tal engranaje, el sistema castiga, mira para otro lado o desaparece.

 

 

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