• Diario 5 -Buenos Aires, viernes 5 de junio de 2026

Es la forma más actual de decirlo. "Estar manija" es la sensación de un entusiasmo y creciente.

El Mundial 2026 se meterse lentamente en la piel de los argentinos, con mucho marco en los comerciales de TV. No es todavía la fiebre desbordada de otras épocas, aunque todo está en pañales. Se siente un murmullo creciente, una expectativa que va tomando cuerpo. El recuerdo de las gestas pasadas y la eterna ilusión de volver a levantar la Copa se mezclan en un mismo pulso.

La Selección es siempre un espejo de la identidad nacional. Cada Mundial funciona como un ritual colectivo: la camiseta celeste y blanca se convierte en bandera, los bares se llenan de hinchas, las calles se paralizan. El fútbol, que nunca dejó de ser pasión, se transforma en esperanza compartida. Y aunque los argentinos saben que el camino es duro, que los rivales son poderosos y que nada está asegurado, la ilusión vuelve a crecer.

El entusiasmo tiene que ser lento, pero firme. Se alimenta de la memoria de Maradona en México, de Messi en Qatar, de las tardes de gloria y de las noches de desvelo. Se alimenta también de la necesidad de creer en algo que trascienda lo cotidiano, que una a millones en un mismo grito. El Mundial es eso: un instante en el que la Argentina se siente más viva, más unida, más capaz de todo.

La cuenta regresiva ya empezó. En una semana la pelota rueda y el país se prepara para volver a soñar.

 

 

 

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