... Y en todas partes.

El uso de la bicicleta puede contribuir a una movilidad urbana más ágil. Para algunos, se trata de reducir su dependencia del automóvil, sólo para trayectos de medianos a cortos, claro. Para la gran mayoría es el medio de transporte cotidiano.
En ninguna ciudad del mundo, para que esa alternativa resulte segura no alcanza con promoverla. También hace falta infraestructura adecuada y una convivencia clara entre ciclistas, peatones y vehículos. Una ciudad que alienta la bicicleta queda comprometida con la planificación, buen mantenimiento y señalización entendible.
En Buenos Aires discutimos mucho por las bicisendas en 2009. Nunca debimos. Es inolvidable el comentario de una famoso relator deportivo, en su rol de conductor de magazine matutino, en el momento en que adujo -ante tantas reducciones de calzada generadas por las ciclovías- que «encima no pasa casi nadie con su bicicleta por ahí». Paradójicamente, en ese momento tuvo efímera razón: el boom de los ciclistas explotó dos años más tarde del montaje de toda la infraestructura para facilitar la circulación.
En general, tanto en CABA como en otras áreas urbanas, los recorridos son continuos y con intersecciones resueltas con el mayor cuidado posible. Una vez pedaleando, que las normas sean respetadas -por todos- está en nuestra educación.
Es difícil el argentino automovilista frente a peatones y ciclistas. Suele ser muy desconsiderado. La va de conducir con elegancia, hasta que la pierde. Y no tarda mucho en eso.

Ámsterdam y Copenhague arrasan. Allí, la bici es parte de la vida cotidiana de cientos de miles. Y en ciudades chicas, los ciclistas son mayoría. Y qué menos, con redes de ciclovías que superan los 500 kilómetros. El promedio de viajes diarios en bicicleta rondan entre el 30 y el 40 por ciento de todos los viajes. Utrecht, Países Bajos, se consolidó como líder en el índice Copenhagenize. Tienen la estación de bicicletas más grande del mundo.
París, hace apenas una década tenía un uso marginal de la bicicleta. Ahora cuenta con más de mil kilómetros de ciclovías. El sistema público Vélib’ multiplicó la presencia de ciclistas en las calles. Berlí, también mil km. Barcelona multiplicó las bicicletas que recorren sus supermanzanas, el genial modelo de urbanismo que devolvió el espacio público a los peatones.
En América del Norte, Montreal es considerada la ciudad más amigable con la bicicleta, gracias a la red REV de ciclovías protegidas. Las ciudades de Bogotá, Santiago, Buenos Aires y Ciudad de México todavía no figuramos en los rankings globales.









