

En el metro de París prácticamente todas las bocas de acceso están en veredas. Es parte de su identidad: escaleras con barandas de hierro, carteles Art Nouveau, siempre visibles en la calle. Londres sigue la misma lógica. Sus entradas al Underground están en veredas, plazas o esquinas, con alguna excepción en edificios públicos, pero la norma es la vereda. Madrid también: la mayoría de los accesos al Metro se ubican en veredas, con marquesinas o estructuras livianas.
San Pablo y Santiago de Chile repiten el esquema. En ambas ciudades, las bocas de acceso están en veredas, con estructuras modernas, techos livianos y señalización clara. La idea es que el acceso sea inmediato y visible, sin depender de inmuebles privados.
El contraste aparece en ciudades como Nueva York o Moscú, donde varias estaciones tienen accesos dentro de parcelas o edificios. En Manhattan, Rockefeller Center o el World Trade Center integran entradas al subte en sus estructuras. En Rusia, estaciones de San Petersburgo y Novosibirsk se construyeron con accesos en edificios residenciales, en parte por el clima extremo.
La comparación muestra que las bocas en veredas son mayoría y responden a un criterio de visibilidad y practicidad. Los accesos en parcelas aparecen en contextos de densidad urbana o de condiciones climáticas especiales.
La discusión sobre la Línea F no se reduce a una cuestión de estilo ni de tendencias internacionales. El problema es concreto: la esquina de Corrientes y Callao ya está al borde del colapso peatonal. Instalar allí más bocas de subte de las que ya existen para acceso a la Estación Callao de la Línea B, significa empujar todavía más gente sobre una vereda que no tiene capacidad de absorberla.
La alternativa de ubicar el acceso en el Bauen no es un capricho ni una moda. Es una solución técnica para evitar que la circulación se vuelva inmanejable. Expropiar ese edificio permitiría correr el flujo de pasajeros unos metros, descomprimir la esquina y resolver de paso un conflicto judicial que lleva años.
La experiencia de otras ciudades muestra que las bocas en veredas funcionan cuando hay espacio suficiente. Vimos que París, Londres, Madrid, San Pablo Santiago mantienen el uso de boca en vereda. Ninguna zona es idéntica a otra en ninguna ciudad.
¿Ellos podían mantener las clásicas y misteriosas escaleras flanqueadas por pasamanos de Ferronnerie d’art* sin riesgo de saturación. Pero cuando el espacio público no alcanza, como en Nueva York o Moscú, se integraron accesos en parcelas o edificios. No fue por estética, fue por necesidad.
Buenos Aires enfrenta esa misma necesidad. No se trata de seguir una moda ni de imitar a nadie. Se trata de evitar que la multitud se convierta en un problema de seguridad y convivencia. La ingeniería urbana del siglo XXI exige pensar en alternativas que permitan que infraestructura y patrimonio convivan. Y el Bauen, en Callao 360, aparece como la opción más clara para lograrlo.









*Herrería artística
