
Once, jungla del choriceo. Diez cuevas out, setenta y cinco bichos secuestrados y un decreto que baja como champagne en Versalles. Los pasillos de La Recova y La Internacional, que parecían Villa Electrónica, ahora se venden como “zonas de alta criticidad”, según el pelpa. Alta joda, canta la lleca.
El Jefe tira: «Ley y orden». ¿Cabe otra? Si la ley era un meme y el orden lo ponía el que tenía más módulos de pantalla. Ahí mismo, una clienta se manda con su celu para arreglarlo y… ¡iujuuuu!, era afanado. Fellini reviviría sólo para curtir esa escena: tragicomedia sin vuelo: sólo Modo Avión.
La opereta pintó después del decreto que metió 90 días de emergencia al curro de celulares second hand. Un gomía bate que es como ponerle candado a un boliche después de vaciar la barra. El circuito de la reventa es más resiliente que un botín de potrero. Y cero problem en mutar, esconderse y reaparecer. Hoy clausura; mañana sótano y pasado, delivery.
Al revés del tango, fin del corso. Jorma metió un gancho normativo -alta escuela- y la Infantería, en tándem con la AGC, entró a pura bota en el corazón dantesco del mercado negro tecnológico. ¿
¿Te caben detalles cuando el resultado es fulminante? Pelá: Una galería entera y diez búnkeres de cotillón telefónico con la faja de clausura cruzada en la jeta; 75 terminales móviles con olor a despojo ajeno y una parafernalia de soldadores de Trucholandia. Digamos, un Lago de los Cisnes muy Balvanera. Y fin de la puesta en escena con damisela ingenua y un regente de 44 pascuas imputados. Minita y coreógrafo del ballet clandestino, encierro inminente.
Ahora va sin filtro.
Celebramos pero hay que seguir. Si Buenos Aires le quiere cortar el mambo a un garcaje que dejó florecer durante décadas, no la tiene tan facilonga. Por ahora, los celus chori circulan como canapés en gala diplo.









