• Diario 5 -Buenos Aires, domingo 26 de abril de 2026

Cada diciembre, la Navidad expone esa eterna curiosidad del antagonismo de los hemisferios. Mientras en el Norte la fiesta se asocia con la intimidad del hogar y la promesa de un mundo detenido bajo la nieve, en el Sur desplegamos mesas largas y dejamos las puertas abiertas a veranos fuertes.

Nunca hay que dejar de tomar en cuenta que a exactamente seis meses, la Noche de San Juan ofrece, en la mitad septentrional del mundo, especialmente en Europa -y particularmente en España- sensaciones equivalentes a nuestras fiestas veraniegas.

Es muy atractivo encontrar, cada vez y cada año, nuevas diferencias que moldean la memoria colectiva a partir del clima: en Europa o los Estados Unidos, los relatos navideños se construyen sobre la idea de refugio y de luces que vencen la oscuridad. En la Argentina, Chile o Australia, en la misma fecha enlazamos la idea de las vacaciones y la sensación de que el año se despide en un estallido de sol y encuentros al aire libre.

Quizás sea tiempo de que apretemos el acelerador para que las nuevas generaciones se desprendan de la locura del error costumbrista. Si ambos imaginarios conviven en la cultura global, hay que imponer el sentido común, porque las películas, las canciones y los símbolos que circulan alrededor de la fecha del Nacimiento de Jesús, apuntan casi siempre al invierno boreal.

Si alguno de nosotros está pensando en que Papá Noel podría aparecer en pantalla manejando una Estanciera y en bermudas, no deberíamos reprimirnos.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *