
El anuncio del Gobierno porteño sobre la prohibición del uso de celulares en las escuelas secundarias confirma una planificación que se venía gestando desde hace meses. El 20 de febrero, Diario 5 ya había anticipado el debate en un encuentro con familias y especialistas, donde se discutió el impacto de las pantallas en el aprendizaje y en los vínculos.
La medida ahora se presenta como un paso definitivo: aulas libres de celulares en todos los niveles, tanto públicos como privados, y para estudiantes y docentes. El argumento oficial es claro: el celular es una fuente de distracción que afecta la atención y el rendimiento escolar. Los datos difundidos por el propio Gobierno refuerzan la decisión: el 94% de los alumnos lleva su dispositivo todos los días, y la mitad reconoce que no puede dejar de usarlo aunque lo desee.
Los estudios internos señalan mejoras en la atención y en la interacción entre compañeros tras las primeras regulaciones de 2024. Sin embargo, la política abre un debate más amplio. La escuela se convierte en el único espacio de la vida cotidiana donde el celular queda fuera de juego, lo que plantea interrogantes sobre cómo acompañar a los adolescentes en un entorno digital que los atraviesa de manera permanente.
La resolución distingue entre el uso pedagógico de la tecnología y el uso personal espontáneo. Se promueve la incorporación de computadoras institucionales bajo supervisión docente, mientras se refuerza el rol del Facilitador Pedagógico Digital y se busca coherencia con las familias.
¿La medida responde a una demanda social creciente?
Padres y docentes advierten que el exceso de pantallas desplaza el deporte, la charla y la convivencia. La Ciudad opta por un camino restrictivo, con la expectativa de que la escuela recupere centralidad como espacio de atención y vínculo.
La discusión no se agota en la prohibición.
¿Se puede sostener una política de prohibición para los chicos del uso del dispositivo más encarnado que tienen los seres humanso en el S XXI?
¿Es posible garantizar que las alternativas pedagógicas sean efectivas y que la escuela no quede aislada de la realidad tecnológica que los chicos viven fuera de ella?
Muchos creen, hoy, que esta decisión marca un rumbo.
Otros, que se trata de una exageración.
La verdadera prueba será su implementación cotidiana.
Dejemos correr el ciclo lectivo 2026 y, seguramente, comprenderemos dónde quedamos parados.






