
Los kioscos de diarios y revistas atraviesan una mutación inevitable. La Ciudad de Buenos Aires habilitó, muy tardíamente, nuevas normas que permiten sumar café, bebidas sin alcohol y otros servicios.
¿Es un intento de salvataje real para un modelo que se desmorona?
Hoy existen 1.025 puestos habilitados, aunque apenas unos pocos ofrecen cafetería, pastelería o funcionan como puntos de entrega de paquetería. No sabemos si la medida logrará evitar que cierren o queden reducidos a ruinas nostálgicas.
Hay que ser muy cuidadoso con el tratamiento de este tema si pretendemos justos. Si no, vociferamos, por un lado, lo que le gusta al gobierno (como a todos los gobiernos), que es aparecer como salvadores de un sector y contar las cuitas de una gremio otrora devenido estructura basada en la omertá.
El trasfondo de la situación actual es que, durante años, se intentó sostener -quizás, artificialmente- un esquema que ya había cambiado. Hace tiempo que no es una noticia que la venta de diarios y revistas perdió centralidad frente a la digitalización. Cuando los canillitas quedaron atrapados en un corsé regulatorio que, según el GCBA, los asfixiaba, la condena parece haberse acelerado.
Ahora ¿se abre la puerta a la diversificación?
Parece que con condiciones.
La actividad principal debe seguir siendo la venta de publicaciones, el frente reservado para diarios y revistas, sin mesas ni parasoles que invadan la vereda, y con normas estrictas de higiene y manipulación de alimentos.
El gremio de los canillitas, que supo tener un poder descomunal en la época del Cholo Peco, imponiéndose incluso sobre gobiernos y empresas editoriales, hoy se enfrenta a un escenario que los deja del otro lado del mostrador. La fuerza sindical que antes marcaba la cancha ahora debe negociar en un contexto de crisis del sector y pérdida de influencia. La reunión en Parque Patricios con representantes gremiales, editoriales y gastronómicos muestra que la transformación ya no es opcional: es una cuestión de supervivencia.
Tampoco sería justo si no se recordara el envión del gobierno menemista, cuando aún la venta de diarios, revista y publicaciones periódicas impresas se vendían como pan caliente. Se pretendió legalizar la venta de diarios y revistas en «drugstores», es decir, locales en inmuebles, como ocurre con cualquier otro producto de comercialización de rutina. El plan de aquel gobierno fracasó. La Sociedad de Distribuidores de Diario, Revistas y Afines (la poderosa SDDRA de Peco) volvió a sacar pecho, sin saber que la vida iba girar hacia la comunicación online de un modo tan taxativo que habría sido preferible abandonar los kioscos callejeros en ese momento y pasarse a los drugstores.
El gesto de que los diarios importantes no se editan los 7 de noviembre, en homenaje a la actividad que durante décadas fue parte del paisajes urbanos y rutinas diarias, aún se conserva.
Hoy la desregulación no garantiza éxito pero podríamos decir que abre un margen para que los kioscos se reinventen.
¿Y pretenderían hacerlo sin perder su identidad, por la que tantas veces mostró sus dientes el gremio?
Habría que ver si eso es lo más importante, hoy.



















































