
El contrabando no nació ayer ni lo inventó un bepi con gorrita y GPS. Vive reptando desde que el primer garqueta cazó que garpar impuestos no garpa. Eso les duele más que cruzar por atriqui. Ya en la colonia se hacía con mulas y pólvora. ¿Y hoy? Con V8s nunca taxi y carita de turista distraído.
Evoluciona el envase, no el choreo.
El cuentito se recicla: “vengo a pasear”. El paseíto es en un Chevrolet Camaro, que ruge como bestia mitológica y brilla más que Versalles un domingo al sol. Un turismo muy particular: no saca fotos, no compra souvenirs y, curiosamente, nunca vuelve por donde entró. Debe ser un turista con miedo a la nostalgia.
La regla es más vieja que Edipo y más clara que un cuadro de Sorolla: el auto que entra, sale. No es filosofía hindú ni un acertijo de Shakespeare. Es la madre de todas las normas del régimen de circulación del Mercosur. Pero parece que algunos muchachos pensaron que era optativa, como leer la letra chica del el cinturón de seguridad.
Y ahí aparece la Poli — gente tan poco glamorosa para este chorizaje — con lo que mejor curte: encerrona y deschave a los avivados. Cinco allanatas, tutús secuestrados y papeles jodidos a la canasta. De golpe, el turismo devenido en turrismo, se transforma en trámite judicial.
De ser el símbolo de la libertad juvenil con los cabellos al viento, el Mustang pasa a ser la bizarra evidencia delictiva de un jovato con zapán de damajuana.
Trágico tercer acto.
Aunque, tragicómico me gusta más, especialmente si participaron ARCA, Policía de la Ciudad y un juzgado federal de Puerto Iguazú. Negativo. No fue un error administrativo. Fue, más bien, una coreografía completa. Cuando entran todos juntos, no es para cebar mate. Es porque un logi jugaba al Rápido y Furioso creyendo que el Estado dormía la siesta.
Lo más fascinante no es el contrabando —eso es vulgar— sino la autoestima criminal. Pensar que un Ford Mustang o un Chevrolet Camaro, cruzando una frontera internacional “por turismo”, podía pasar al olvido, es un acto de fe digno de una secta bizarra.
Estos chupópteros, que ensucian la picardía con estupidez y creen que el sistema es tonto -demostrando ellos que lo son- quedan, naturalmente, incluidos en el ya legendario catálogo llamado: «Qué suerte que algunos hijos de puta son pelotudos«.
¿Cómo iban estos termícolas a comprender que la geografía no se puede chamuyar y que en las fronteras ya no hay amnesia? Registros, scanners y cámaras. Todo queda anotado, como en la tragedia clásica: el final se ve venir desde el primer acto.
Mientras algunos juegan a ser millonarios de utilería, en la Ciudad, «los de celeste y bordó» hacen su laburo sin discursos épicos. No declaman, ejecutan.







