La olvidable costumbre de llevar las cosas a los extremos sin profundizar sobre las alternativas que se abren el camino que los distancia, se extiende a decenas de disciplinas y áreas de acción de la vida institucional, incluyendo las que deben decidir dónde es necesario replantar un árbol y dónde retirar uno que está causando daños.

En las veredas, hay algunos espacios vacíos sin árboles y el GCBA no planta nuevos, mientras que existen árboles de tal magnitud con más de 1 m de diámetro, que están rompiendo veredas enteras, mármoles de umbrales, resquebrajando paredes de frentes y medianeras y por los que la decisión más lógica y obvia es retirarlos. Existe el llamado «corte de raíces». Lo hacen de un lateral del área radical del árbol, pero es inefectivo y hasta peligroso porque el árbol puede inclinarse hacia el lado contrario.
Árboles que faltan, árboles que sobran: el dilema verde de nuestras veredas.
No es un juego. A nadie le gusta que caminar por algunas veredas sea una especie de slalom urbano. En ciertos tramos, hay espacios vacíos donde alguna vez hubo árboles, y donde hoy no hay ni sombra ni intención de reponerlos. Mientras tanto, a apenas cinco metros, árboles de dimensiones monumentales —con más de un metro de diámetro— avanzan sin freno, rompiendo baldosas, mármoles de umbrales, y hasta resquebrajando paredes de frentes y medianeras.
Jamás dijimos que el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires mirara para otro lado en este tema. Dijimos y ratificamos algo más grave: planta nuevos ejemplares donde -conforme a su criterio- faltan, pero no donde los vecinos lo tienen claro.

No se toman decisiones firmes donde los árboles se han convertido en una amenaza estructural. En este punto hay una catarata de sabihondos. Al existir una práctica llamada “corte de raíces”, que consiste en intervenir un lateral del sistema radical del árbol, la mayoría de los involucrados en las diferentes áreas de espacio público y arbolado, responden al estándar de aplicar esa técnica, que no siempre es la verdaderamente necesaria.
¿Cuál es el problema?
El mismo de centenares o miles de municipios y alcaldías en todo el mundo: las disputa internas por la política ecológica de las áreas urbanas. Y los que están a favor de nunca talar un árbol urbano, es 100% seguro que jamás debieron enfrentarse al problema de la rotura del frente de su casa. Lejos de ser una solución, los corte de raíz pueden resultar contraproducentes: el árbol, debilitado de un lado, tiende a inclinarse hacia el otro, generando un riesgo aún mayor.
¿Qué hacemos con los árboles que ya no cuidan?
La lógica indica que, cuando un árbol pone en peligro construcciones y peatones, debe retirarse. Pero esa lógica parece no aplicarse en la planificación urbana. El arbolado público debería ser un sistema vivo, equilibrado, pensado para convivir con la ciudad y no para enfrentarse a ella.
Hoy, ese equilibrio está roto.

Los gobiernos (éste no es el único) tienen miedo de enfrentarse a las hordas que defienden de manera fanática e irracional un conservacionismo indiscriminado y masivo de arboledas a las que no se les hace un estudio real de individuos, a pesar de que hay personal que cobra sueldos muy importantes para cumplir ese rol.
El otro problema es el costo de sacar un árbol en una calle. Lleva horas de trabajo, es peligroso. atrae a las cámaras de TV, a las redes sociales y es considerado, a pesar de sus innegable necesidad a nivel estructural, de lo más políticamente incorrecto y nadie se anima a dar el paso necesario.
Ya no hay un quizás para deducir que llegó la hora de que el GCBA escarbe en su política de arbolado y se incline hacia una mirada más integral. No es aceptable que no haya un área que pueda dilucidar y discernir para plantar donde falta, retirar donde sobra y cuidar donde aún se puede. Y ahí nace un problema complementario: LA AMBIGÜEDAD DE LAS NORMAS y la flexibilidad (más bien, flojera) para hacerlas cumplir cuando a la dirigencia le puede traer costos varios.










