
Perros de rescate, héroes de carne, hueso y hocico: la Unidad K9 del GER, ahora también protagonista en las vacaciones de invierno
Durante estas vacaciones de invierno, en el marco de las actividades para chicos organizadas por el Gobierno porteño, hubo una presencia que llamó especialmente la atención: la de los perros de rescate de la Unidad Canina del Grupo Especial de Rescate (GER). Saltaron, buscaron, encontraron y jugaron ante el aplauso y la fascinación del público más joven, que los vio como lo que son: héroes de cuatro patas.
Pero detrás de esa demostración lúdica y visible hay un trabajo cotidiano, silencioso y de una exigencia notable. La Unidad Canina —creada formalmente en 2020 tras la tragedia de Villa Crespo— forma parte del Cuerpo de Bomberos de la Ciudad y trabaja en contextos de extrema complejidad: derrumbes, estructuras colapsadas, incendios y búsquedas de personas vivas en situaciones límite.
Los perros no son simples mascotas. Son parte activa de un binomio inseparable que se entrena todos los días. “Entrenar a un perro de rescate lleva tiempo, paciencia y mucho vínculo afectivo”, explicó alguna vez Mariano Graffigna, uno de los bomberos guía con más experiencia en la Unidad K9. Los perros viven con sus guías. Tienen certificación internacional y acompañan a os miembros de la brigada en cada jornada en el cuartel y, en caso necesario, intervienen en búsquedas reales.
Pueden zambullirse entre los escombros simulados de una pista de entrenamiento. Para el público, es un juego. Para ellos, es la preparación para salvar una vida.
La Unidad Canina cuenta con perros ya operativos y otros en distintas fases de entrenamiento. El proceso comienza desde muy temprano: los cachorros son estimulados desde el primer mes de vida para reconocer texturas, sonidos y situaciones que luego encontrarán en condiciones reales.
“El perro tiene que asociar cada misión con algo positivo. Por eso el entrenamiento se parece tanto a un juego”, explica Martín Cappellari, quien fue guiando a su border collie Tina en todo el proceso, hasta que recibió su certificación internacional.
Durante las vacaciones de invierno, estas demostraciones —realizadas en diferentes espacios públicos de la Ciudad como parte del programa “Vacaciones BA”— sirvieron no solo para mostrar el trabajo invisible de la Unidad, sino también para transmitir valores clave: solidaridad, cooperación, coraje y amor por los animales. A los chicos les fascina ver cómo los perros detectan personas escondidas o recorren circuitos de obstáculos; a los adultos, ver la dedicación de los bomberos que los acompañan.
La Unidad K9 también cuenta con el respaldo veterinario del Gobierno porteño. Cada can recibe atención periódica, vacunas, desparasitación y chequeos generales. Además, llevan chips identificatorios y registros individuales. Su salud y bienestar son una prioridad, tanto dentro como fuera del cuartel.
Pero nada de esto sería posible sin el lazo emocional que guía y perro construyen. “Nuestro estado de ánimo les afecta directamente. Si estamos mal, lo sienten. Por eso también tenemos que trabajar en nosotros mismos”, confiesa Agustín Pennello, guía de Kaia, una pastor belga malinois.
Desde 2020 hasta hoy, los perros de la Unidad Canina ya han participado en decenas de servicios reales. Y mientras siguen entrenando para las emergencias, también se abren a nuevos escenarios: como ahora, compartiendo chicos y familias en vacaciones, el trabajo que hacen. No es para nada una pérdida de tiempo hacer que los chicos conozcan este grupo sorprendente. Hablamos de sumar métodos de educar en la empatía (algo de lo que tantos se llenan la boca), reconocer a quienes salvan vidas y celebrar esa alianza extraordinaria, cargada de hermosos y fascinantes misterios entre humanos y animales que, en el caso de la K9 del GER, parece no conocer límites.










