• Diario 5 -Buenos Aires, domingo 14 de julio de 2024

Fuimos, alternativamente, país caro y barato según las incontables crisis que nos tocó vivir.

1981. Despacito, despacito, despacito… El Telefunken va de Uruguayana a Monserrat.
La economía argentina atravesó etapas de una fluctuación exasperante que siempre influyó en la relación de precios con los países limítrofes. Estos cambios llevaron a que, en ciertos períodos, sea ventajoso para los ciudadanos de los países vecinos cruzar la frontera para realizar compras en Argentina, y en otros, que los argentinos crucen a países vecinos en busca de mejores precios.

Hasta los años ’70, la inmensa mayoría de los argentinos manejaba sus finanzas bajo las pautas tradicionales. Lo normal consistía mantener la libreta de ahorro emitida por la Caja Nacional de Ahorro Postal y operar con bancos argentinos que inspiraban una confianza infinita.

En 1975, durante la presidencia de María Estela Martínez de Perón y con una seguidilla de resoluciones del Ministerio de Economía conducido por Celestino Rodrigo, nuestra moneda sufrió una devaluación de más del 100%. Pero nos equivocamos si vemos aquel descalabro monetario con ojos del Siglo XXI y pensamos que nos invadieron de todas partes para comprar barato en la Argentina. Hubo, sí, personas que, estando en nuestro país y con dólar en mano, aprovecharon «grandes gangas» antes de volver a su patria pero no fue masivo.

Mientras se expandía el efecto del «Rodrigazo», los tres pasos fronterizos más importantes entre la Argentina y el Uruguay recién estaban en obra: El Puente General Artigas, que une la ciudad entrerriana de Colón con la uruguaya de Paysandú fue inaugurado el 10 de diciembre de 1975. El Puente Libertador General San Martín (el Fray Bentos – Puerto Unzué) que une Gualeguaychú / Entre Ríos / Argentina con Fray Bentos / ROU, comenzó a operar el 16 de septiembre de 1976. Finalmente, la obra del Puente Internacional Salto Grande (Concordia-Salto) se terminó, luego de ocho años, el 25 de agosto de 1982, con inmerecida falta de entusiasmo de la población, abatida por la estafa moral de los gobernantes al pueblo durante la guerra de Malvinas.

No es cierto que aquella disparada del dolar haya sido aprovechada por grandes cantidades de personas del Uruguay para realizar compras en nuestras ciudades fronterizas. No existía la costumbre de «la escapadita», como para ir y volver a las pocas horas. El cruce del río Uruguay se realizaba en balsa, sobre las que se montaban los vehículos, que luego continuarían viaje por rutas bastante precarias. También había balsa para los trenes del Ferrocarril Urquiza. ¿Qué tipo de compra iba a justificar estos sacrificados viajes, con horarios restringidos y, a veces, condicionados por la meteorología? Para ese entonces, tampoco el Complejo Zárate-Brazo Largo existía, lo que implicaba que tampoco era cómodo tener que realizar otros cruces en balsa sobre el Paraná Las Palmas y el Paraná Guazú.

Ya en tiempo de la Dictadura, el coreográfico y milimétrico «Tablita», con la que el Ministerio de Economía al mando de José Alfredo Martínez de Hoz establecía el incremento del valor del dólar en 1979, desnudó un deliberado atraso cambiario que «infló» de manera ficticia el poder de compra de nuestra moneda en el extranjero. La imagen de las caravanas de compradores regresando de la Ciudad brasileña de Uruguayana con enormes cajas de televisores sobre la parrillas portaequipajes de los techos de los vehículos es emblemática. Los automovilistas cruzaban por el Zárate-Brazo Largo, llegaban hasta la ciudad correntina de Paso de los Libres y allí cruzaban el Puente de los Presidentes. La película de Fernando Ayala «Plata Dulce» describió con fidelidad esa etapa, más aún por la impronta caricaturesca impresa por su genial guionista, Oscar Viale. En aquella primera fiesta financiera identificada como el «Déme dos», a los argentinos todo parecía resultarles barato.

En 1981, para el segundo tramo de la seguidilla de militares pasándose groseramente el mando, el Gral Roberto Viola, designado por la Junta Militar para suceder a Jorge Videla en la Presidencia, decidió girar en 180 grados la política económica de su antecesor. El encargado del trabajo sucio fue el ministro de Economía, Lorenzo Sigaut. Su frase «El que apuesta al dólar pierde» constituye un sello en la memoria colectiva de los argentinos. Pero Sigaut, en la semana siguiente de sus declaraciones, devaluó sucesivamente la moneda argentina en 20%,10%, 20%, 15% y 10% entre un lunes y un viernes. A los 15 días, el portugués era el idioma que más se escuchaba hablar en la calle Florida y las camperas de cuero se vendían como cremona recién horneada.

Para 1981, el Paso Cristo Redentor estaba terminado y por primera vez hubo invasión de compradores chilenos en Mendoza. Se notaba que los vehículos, en general, habían dado un salto cualitativo frente a toda la tecnología automotriz anterior. Cruzar Los Andes era menos incierto. En simultáneo, las dos grandes empresas chilenas de transporte de larga distancia, TurBus y PulmanBus pasaron a contar con unidades modernas muy confortables.

En 1985, cuando durante el gobierno de Raúl Alfonsín fue lanzado el Plan Austral*. Nada generó que la Argentina se convirtiera en cara o barata. Por entonces, el gobierno peleaba contra una inflación provocada deportivamente azuzada por sectores que no soportaban que un presidente tuviera, al mismo tiempo, clase y pelotas como para enfrentar, con lo justo de toda justeza y justicia, a empresarios angurrientos, sindicalistas irracionales, militares resentidos, guerrilleros decepcionados, opositores malintencionados y correligionarios torpes. Nadie salió del país a comprar nada que le resultara una bicoca en Bolivia o en Uruguay.

*Importancia real del Plan Austral

Pero en 1988, nuevamente nos visitaron nuestros vecinos. Hubo mucho movimiento en perfumerías, golosinas, cigarrillos, bebidas, yerba, pastas, quesos y dulce de leche. Montevideanos con el termo bajo el brazo y cariocas hablando fuerte se paseaban por entre las góndolas de los Supercoop en Buenos Aires.

Cuando las axilas de la horda de enemigos del único presidente con criterio universal que tuvo la Argentina, drenaban al máximo la envidia de no haberlo tenido en sus filas, pactaron brindando con nafta y pusieron todo su empeño en acelerar la inflación, hasta conseguir la híper que lo doblegara. Renunció guardando una dignidad que les dolió el doble. A Alfonsín lo castigaron con una tormenta de calumnias durante los 10 años siguientes, cuando se produjo la química política más nefasta de la historia en el todo el mundo:

peronismo-empresarios.

 



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