• Diario 5 -Buenos Aires, domingo 14 de junio de 2026

Es importante entender el todo y sus partes. En todo. En cada aspecto de la vida. Amamos el concepto y la esencia Malvinas. Tenemos incorporada la premisa de que las islas son nuestras, casi como verdad inmanente. Pero desde el 14 de junio de 1982 somos responsables de comprender una verdad. Incluso al haberse desencadenado por obra y gracia de una dictadura opresora y sanguinaria. Hay una importante porción de compatriotas que no están dispuestos a aceptar que al mundo no le importa quién gobernaba. Lamentablemente para el orgullo chauvinista de unos cuántos, el sensor militar internacional registra una derrota del país occidental y sudamericano que jamás se definió ideológicamente y que, entre otras cosas molestas, construía un misterioso misil y coqueteaba con un pupitre propio en la discusión por los intereses nucleares.

La mayoría de la población, en la Argentina, actúa como si no se hubiera perdido la Guerra de Malvinas. Es decir, prima algo así como una cierta falta de conciencia real de lo que significa perder una guerra.

Los efectos de haber sido gobernados por cocoritos envalentonados, mesiánicos populistas seudo heroicos sospechosos apáticos de la geopolítica, no fueron gratuitos. Para millones puede ser muy frustrante asumir frente al mundo que la Argentina se estacionó como una nación sin un desarrollo calificable en ninguno de los ítems que podrían considerarse para tal expresión. Y encima, la sociedad, en su inmensa mayoría, cada vez ignora más y más ciertas cosas que podrían, aunque sea, dignificar su lamentable situación. Es muy claro: la ignorancia sólo se cura con educación y una persona falta de esa educación sólo se dignifica reconociendo sus limitaciones, ignorancias y luchas no iniciadas.

Una preocupante mayoría en la Argentina nunca asumió los efectos de marginación geopolítica de nuestro país tras la experiencia Malvinas. Y aunque nada altere nuestro discurso de reivindicación territorial y simbólica, la sociedad evita reconocer lo que significa perder una guerra.

¿Esa negación se conecta con la decadencia económica y política desde los años setenta, marcada por gobiernos que se mostraron valientes hacia afuera pero incapaces de construir desarrollo interno?

Obviamente.

Por un lado, el informe del United States Marine Corps Command and Staff College explica que los militares argentinos (también gobernantes) esperaban sanciones económicas -no una guerra- y que la derrota se debió a errores estratégicos, improvisación, aparte de la falta de preparación de tropas con conscriptos frente a fuerzas profesionales .

Independientemente de las cuestiones propias de esos estudios militares norteamericanos que confirman que la Junta Militar de 1982 subestimó la reacción británica y creyó que la ocupación sería aceptada como un hecho consumado, es la falta de conciencia de una gran parte del país que tomó el hecho como «algo  circunstancial y que quedó atrás», que vive y actúa como si la los efectos de la guerra no influyeran en el deterioro de la calidad de vida de los últimos 46 años, lo que alimenta un nacionalismo vacío y asquieante.

La consecuencia es que la sociedad evita discutir las consecuencias que recaen sobre nuestras espaldas por el efecto de la derrota en la guerra y prefiere siempre llvar el terreno hacia las culpas de la dictadura -que son miles- y el costo real de la aventura bélica.

La cabeza del avestruz, bajo tierra.

Asumir las realidades no nos aleja de los ideales. Al contrario. Los fortalece. Todos queremos recuperar las Malvinas. Pero lo sano será entender que ese 14 de junio no es sólo una fecha triste por nuestros héroes de guerra, sino que es el punto de partida de una desnudez de que deja expuesta la fragilidad estructural del país como nunca antes los argentinos habíamos visto y que fue trayendo consecuencias concatenadas, siempre en retroceso a un ritmo acelerado y, por momentos, aterrador.

La decadencia económica desde 1973 se vincula con conductas políticas inadecuadas, en la mayoría de los casos. Algunos gobiernos, civiles y militares, se comportaron como “cocoritos” frente al mundo. Nunca faltaron la retórica de grandeza y las falsas valentías. Pero de políticas de desarrollo sostenido, obviamente, nada. No es que nunca hayan sido ciertas la crisis del petróleo, la deuda externa, la inflación crónica y la falta de inversión en ciencia y tecnología. Pero si hubiéramos mantenido la creciente política vincular y seductiva con los kelpers, que el personal de los buques petroleros de YPF mantuvieron hasta 1982, hoy las Malvinas serían argentina por efecto de acuerdos y nos habríamos ahorrado el dolor por la pérdida de 647 argentinos y centenares de discapacitados a efecto de haber participado de la guerra.

La negación colectiva de lo que significa perder una guerra se convierte en metáfora de un país que no asume sus límites y que, por eso mismo, repite sus fracasos.

Que nadie se confunda

Las Islas Malvinas son Argentinas.

Pero si la reivindicación sustituye a la consciencia (y también a la autocrítica), estamos cagados, porque casi nadie ve que el efecto Malvinas se conecta con la incapacidad de reconocer la decadencia económica y política que, efectivamente, comenzó en los setenta, aseguró su continuidad en Malvinas y aún condiciona el presente.

 



 

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