Otra estupidez exasperante: "malvinizar" el partido Argentina-Inglaterra de la semifinal del Mundial 2026. El uso de videos IA vistiendo a los futbolistas como militares y los mensajes con disfraz épico conforman una banalización de la historia. Incluso si los mismísimos veteranos de Malvinas los apoyaran sería un error. Las delicias populares emanadas de los triunfos deportivos de los representantes de una nación no tienen vínculo directo con los honores de los que arriesgan su vida -y hasta pierden- por una causa nacional de jerarquía superior.
La semifinal entre Argentina e Inglaterra en el Mundial 2026 infla -a cada hora que pasa- su propio exceso: Videos creados con inteligencia artificial muestran a los futbolistas vestidos como militares, mensajes con estímulos inconducentes circulan en redes y todo se convierte en una banalización de la historia.
Es un error grave.
Incluso si los veteranos de Malvinas lo apoyaran, seguiría siendo un error. Ellos no necesitan -o no deberían necesitar- valerse de ficciones para reforzar su propia conmemoración y revalidación del respeto que les debemos. Y menos aún apelando a artilugios deshumanizados, con los que -también- se bastardea la propia imagen de aquellos a quienes se pretende exaltar, los jugadores.
Las gestas deportivas no son equivalentes a las guerras. Aunque siempre se pretendió equipararlas. Sí, son enfrentamientos. Pero festivos. Los triunfos de una selección nacional generan alegría popular, pero no tienen vínculo directo con los honores de quienes arriesgan su vida —y la pierden— por una causa nacional de jerarquía superior. Confundir esas dimensiones es una poco comprendida falta de respeto hacia la memoria de los caídos y hacia la seriedad de la historia.
La hipocresía se multiplica cuando se pretende usar la épica de Malvinas como un disfraz para el fútbol. Hay, en la Argentina, demasiados miles de personas que no aceptan la lección de Lionel Scaloni advirtiendo que se trata de un partido. Perdemos coherencia como sociedad cuando cuando a un mismo hecho lo encuadramos como espectáculo deportivo o una batalla, según el interés que nos despierte. No aceptar esa regla básica nos obliga a alzar la voz y poner los puntos sobre las íes para recordarles a los enceguecidos futboleros que la épica verdadera pertenece exclusivamente a quienes estuvieron en las islas en 1982.
Los nombres y apellidos de nuestros héroes jamás gozaron del renombre en boca de la sociedad, como ocurre con los convocados a jugar una Copa del Mundo. Los momentos de gloria deportiva nos atraen porque nos representan. Es casi universal la foto de infancia con una pelota. Traemos un vínculo directo con ella. Una identidad.
Forzar comparaciones es una manera de buscar un conflicto con los campeones en Qatar y la generación Scaloni. Buena parte de los que operan el vínculo empastado entre glorias incompatibles son los horrorizados ante la remera de Axl Rose con la leyenda «Kill your idols» (mata a tus ídolos) y la imagen de Jesucristo. Aquel disparador de conciencia sobre los fanatismos inconducentes, fue tomado selectivamente por muchos, que elegían lo que más les convenía del mensaje.
Ya hay quienes, a los que opinamos que el recurso de vestir a los jugadores como soldados mediante IA es un gesto vacío, nos tratan – contradictoriamente- de exagerados, unos y de desapasionados, otros. Si vemos que se reduce la tragedia a un meme, los vamos a deninciar siempre. Si vamos a usar la historia como decorado para la pasión futbolera, preferimos entender los límites para evitar el dolor de miles de familias, porque podemos dejar la memoria de sus seres amados relegada a un accesorio de marketing patriótico.



















































