• Diario 5 -Buenos Aires, jueves 4 de junio de 2026

El golpe del 4 de junio de 1943 fue presentado como el final de la “década infame”, pero en realidad significó pasar de un sistema corrupto y fraudulento a una dictadura militar que incubó al peronismo. Fue, en términos crudos, salir de Guatemala y meterse en Guatepeor.

El gobierno de Ramón Castillo, último exponente de la Concordancia, estaba sostenido por el fraude electoral y la corrupción sistemática. Era el cierre de una etapa marcada por el desprecio a la voluntad popular y por el sometimiento de la política a los intereses de las oligarquías. Pero lo que vino después no fue una regeneración democrática, sino un golpe militar que instaló un régimen de facto encabezado por Arturo Rawson, Pedro Pablo Ramírez y Edelmiro Farrell. En ese caldo de nacionalismo católico, anticomunismo y simpatías fascistas, emergió la figura de Juan Domingo Perón, que desde la Secretaría de Trabajo y Previsión construyó el poder sindical y político que lo llevaría a la presidencia en 1946.

La llamada Revolución del 43 fue un monstruo de muchas cabezas. Se presentó como purificación frente al fraude, pero en realidad fue un proyecto clerical y militar que buscó destruir el liberalismo y la educación laica, reemplazando pensamiento crítico por dogma. La Iglesia celebró el golpe como oportunidad para imponer la “nación católica” y acabar con la herencia de Sarmiento y la Ley 1420.

El resultado fue devastador: se clausuró cualquier posibilidad de una democracia auténtica y se abrió paso a un movimiento que, bajo la bandera del “justicialismo”, terminó reproduciendo la misma lógica autoritaria. El peronismo nació en el seno de un gobierno ilegal, con Perón convertido en el verdadero poder detrás de Farrell. Lo que se vendió como justicia social se construyó sobre la base de un golpe militar, con persecución política, censura y culto a la personalidad.

El Ego y el culto a lo propio, llevó al líder de la prepoteada militar del 43 a ponerle el nombre de 4 de junio, nada menos que a un naciente Partido del GBA, que se independizaba de la Municipalidad de Avellaneda. Durante el gobierno de Juan Perón, a nadie se le ocurrió que el municipio nuevo debía llamarse Lanús. ¿Resultado? Fue la horda subsiguiente de personajes nefastos en el poder, los de la papeloneramente autodenominada «Revolución Libertadora», los que aprovecharon para hacerse los «razonables» y poner el nombre lógico, Lanús.

Así, la Argentina pasó de un régimen fraudulento a una dictadura que incubó otro régimen personalista que, a su vez, preparó el terreno para un tiempo criminal y así continuar con la zaga de inservibles en el Poder. La “década infame” terminó en 1943 pero lo que siguió fue una década aún más oscura, marcada por la alianza entre la espada y la cruz, por la manipulación sindical y por la consolidación de un poder que se creyó eterno. El país no salió del pantano: se hundió más y cuando sacaron del poder al populismo ladrón se reinstaló en el poder el liberalismo ladrón.

En la Argentina, cada supuesto cambio de rumbo significó la ratificación del rumbo: siempre hacia la nada.

 

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