
Pensándolo bien, qué pocas instituciones responden a las raíces más profundas.
Belgrano acaba de escribir una página inédita en la historia del fútbol argentino. Su triunfo 3-2 frente a Ríver excede la mera victoria deportiva porque es la consagración de un club cordobés como campeón de un torneo mayor por primera vez en el país.
Y el nombre pesa
¿Por qué?
¿Acaso pesa porque el club representa a Córdoba y a toda una tradición futbolera que durante décadas soñó con este momento?
No tanto como el hecho de llevar el nombre de un fundador de la Nación.
Belgrano rompe la lógica de que los títulos grandes quedan en manos de equipos porteños, bonaerenses o rosarinos.
Dada la tendencia de Boca y Ríver y de otros grandes clubes de abroquelar -a fuerza de acceder a mayor y mejor financiación- los mejores los mejores jugadores, solemos pensar que un título que no ganan esos clubes puede abrir un nuevo mapa en el fútbol nacional. Nos agarra la épica de hablar del federalismo deportivo y la saraza de que la pasión y el talento no tienen fronteras geográficas.
Mejor, sobemos un poco más bajito.
Una golondrina no hace verano.
Así que quienes crean que el festejo no se limita a Alberdi ni a Córdoba y que es un logro que interpela a todo el fútbol argentino, que disfruten lo más posible. Para muchos, Belgrano Campeón puede significar que los sueños de los clubes del interior pueden hacerse realidad, que la historia puede cambiar, que la diversidad de voces y colores enriquece la competencia y bla bla bla.
Pero cuidado con eso.
Belgrano no es un club chico

La primera vez siempre deja huella. Y la huella de Belgrano será recordada como el día en que Córdoba levantó su primer título mayor, en la víspera de un aniversario de la Revolución de Mayo, gestada, entre otros, por Don Manuel, una semana antes de cumplir sus 40 años
(Imagem destacada: nada de IA. Lo hace siempre el equipo de arte digital de Diario 5)



















































