Ya nadie puede tapar lo sospechosamente cínico que resultó que el 2 de febrero de 1813 se sancionara la ley de Libertad de Vientres, cuando -justo- al día siguiente, buena parte de los esclavos de origen africano que había en el Virreinato el Río de la Plata eran los que iban a estar en primera fila de las tropas revolucionarias al mando de José de San Martín en la batalla de San Lorenzo. El bochorno histórico es que hubo transmisión de testimonios en San Pedro, San Nicolás y Rosario acerca de que un chasqui arribó en la mañana del miércoles 3, antes del momento eternizado por la legendaria marcha cuando dice: "y la voz del gran jefe, 'A la Carga' ordenó". Un oficial de mediano rango, de apellido Hernández se encargó de arengar a los soldados recordándoles que sus amados hijos ya podían sentirse patrióticamente "ciudadanos plenos" de la Provincias Unidas de Río de la Plata y así, elevar la energía con la que esos hombres de raza negra irían a enfrentar las bayonetas enemigas. Un acto hipocresía nacional del que nadie se hace cargo desde hace 213 años.

La coincidencia entre la sanción de la Ley de Libertad de Vientres el 2 de febrero de 1813 y el Combate de San Lorenzo al día siguiente expone una paradoja incómoda: mientras se proclamaba un futuro de libertad para los hijos de esclavas, los propios esclavos afrodescendientes eran enviados a la primera línea de batalla, arengados como “ciudadanos plenos” de unas Provincias Unidas que los reconocían como tales porque las papas quemaban.
El relato histórico suele celebrar la Asamblea del Año XIII como un hito emancipador. Pero conviene recordar que la ley sancionada no liberaba a los esclavos existentes, sino únicamente a sus hijos nacidos a partir de entonces, quienes quedarían bajo tutela hasta la mayoría de edad.
Fue una medida gradual, pensada para no afectar de golpe los intereses de los propietarios, más que un gesto de justicia inmediata. Y sin embargo, apenas horas después, esos mismos hombres esclavizados o libertos fueron convocados por San Martín para enfrentar a las tropas realistas en San Lorenzo, en lo que sería el bautismo de fuego de los Granaderos a Caballo.
La participación afrodescendiente en las guerras de independencia fue decisiva. No hubo batallón sanmartiniano sin presencia de soldados negros, reclutados en masa y muchas veces obligados a servir bajo la promesa de libertad futura. En Cuyo, San Martín llegó a afirmar que “sólo nos puede salvar el poner a todo esclavo sobre las armas. La contradicción es evidente: se los necesitaba como carne de cañón pero se les negaba la ciudadanía plena.
El chasqui que llegó la mañana del 3 de febrero con la noticia de la ley fue aprovechado para arengar a los soldados, exaltando un patriotismo que en la práctica no les correspondía. Se los llamó “ciudadanos plenos” en el discurso, mientras en la realidad seguían siendo propiedad de otros.
La marcha de San Lorenzo inmortalizó la voz del jefe ordenando “¡A la carga!”, pero nunca se recuerda que muchos de los que cargaron eran esclavos o hijos de esclavos. La épica nacional se construyó sobre su sacrificio, pero la memoria oficial los invisibilizó. La hipocresía radica en que se celebró la libertad en abstracto, mientras se explotaba la sangre y el sudor de quienes no tenían derechos. Dos siglos después, la historia argentina sigue sin hacerse cargo de esa deuda: preferimos recordar glorias militares antes que las injusticias que las sustentaron.
La coincidencia temporal entre la ley y la batalla no es casualidad menor. El panfilismo argento jamás vio los símbolos que nos confirman como una nación que nació proclamando principios universales mientras practicaba exclusiones. No hay prueba más demoledora: El 2 de febrero se legisló un futuro de libertad para quienes el 3 de febrero se les exigió que murieran por una patria que aún no los reconocía.
Es tan asqueroso o más que la frase «Está desaparecido, no tiene entidad, no está». Pero no lo vemos igual porque para las sociedades no todos los hijos de puta son iguales. Los que nos dan alguna satisfacción al corazoncito nacionalista, parece que merecen nuestra vista gorda
Repetimos la contradicción a cada paso. O cada tantos años. Ir encontrando espejos que nos recuerdan que poblamos un país que se construyó sobre promesas incumplidas, no parece hacernos demasiada mella, en la medida en que, más o menos, no nos toquen la nuestra.






