En las guerras de la Independencia y las civiles, en el país, la mayoría de los combatientes eran esclavos negros o hijos de ellos. Que murieron tantos, tantos pero tantos, que la población de la etnia afro se redujo hasta su verdadera extinción en estas tierras. Las guerras argentinas fueron un genocidio sin resistencia, encubierto y metódico. Cuando la población afroargentina ya no podía ofrecerles soldados para las mortales primeras líneas ni a federales ni a unitarios, aparecieron mágicamente los pactos finales de pacificación de la Nación.

Batallas de la Independencia Argentina (1810–1825) con los esclavos en la primeras líneas de los pelotones, donde era, prácticamente imposible sobrevivir.
- Combate de Cotagaita (27/10/1810) – derrota patriota en el Alto Perú.
- Batalla de Suipacha (07/11/1810) – primera victoria patriota en el Alto Perú.
- Batalla de Huaqui (20/06/1811) – derrota patriota frente a los realistas.
- Batalla de Tucumán (24/09/1812) – triunfo de Belgrano que salvó la revolución.
- Batalla de Salta (20/02/1813) – victoria patriota consolidando el norte.
- Batalla de Vilcapugio (01/10/1813) – derrota patriota.
- Batalla de Ayohuma (14/11/1813) – nueva derrota patriota en el Alto Perú.
- Batalla de San Lorenzo (03/02/1813) – bautismo de fuego de los Granaderos de San Martín.
- Batalla de Maipú (05/04/1818) – victoria decisiva de San Martín en Chile.
- Batalla de Ayacucho (09/12/1824) – triunfo final que aseguró la independencia sudamericana.
- Batalla de la Vuelta de Obligado (1845) – resistencia contra la intervención anglo-francesa.
La aparente estupidez de las batallas internas (Guerras Civiles Argentinas, 1814–1880) que sirvieron para terminar de eliminar a la población negra de la Argentina
- Batalla de Cepeda (1820) – triunfo federal sobre los unitarios.
- Batalla de La Tablada (1829) – enfrentamiento entre unitarios y federales.
- Batalla de Santa Rosa (1829) – enfrentamiento entre unitarios y federales en Córdoba.
- Batalla de Oncativo (1830) – victoria unitaria de José María Paz.
- Batalla de Famaillá (1841) – derrota de Lavalle frente a Oribe.
- Batalla de Arroyo Grande (1842) – triunfo federal de Urquiza sobre Rivera.
- Batalla de Caseros (1852) – derrota de Rosas frente a Urquiza, fin de su régimen.
- Batalla de Pavón (1861) – victoria de Mitre que consolidó la hegemonía porteña.
La historia oficial narra esas guerras de independencia y las guerras civiles como epopeyas heroicas. Poco hay de eso. Jamás hay que olvidar que se trataba de argentino. Detrás de esa épica se esconde un drama vergonzosamente silenciado por su condición de nefasto.
La mayoría de los combatientes en las primeras líneas eran esclavos negros o hijos de esclavos. Fueron reclutados en masa, obligados aun enrolamiento precario y enviados a enfrentar las bayonetas enemigas con la promesa de la que dimo cuenta ayer, por una libertad que rara vez se cumplía.
La consecuencia fue devastadora: murieron tantos, tantos, que la población afrodescendiente se redujo hasta casi desaparecer de estas tierras.
Las cifras nunca se contabilizaron con honestidad, pero el impacto demográfico es innegable. En el siglo XVIII, Buenos Aires y otras ciudades del Río de la Plata tenían una presencia afro que rondaba entre un tercio y la mitad de la población. Un siglo después, esa presencia se había diluido hasta volverse marginal. No fue un proceso espontáneo ni natural: fue el resultado de un uso sistemático de los cuerpos negros como carne de cañón en las guerras de independencia y luego en las guerras civiles. Sin resistencia organizada, sin posibilidad de negarse, los afroargentinos fueron sacrificados en nombre de una patria que -como decía ayer la columna de Marcelo Zanotti- nunca los reconoció como iguales.
La narrativa nacional prefirió invisibilizar este genocidio encubierto.
Se exaltó la gloria de San Martín, Belgrano, Mitre o Urquiza, pero se borró el papel de los miles de soldados negros que murieron en las batallas de Tucumán, Salta, San Lorenzo, Caseros o Pavón. Cuando la población afro ya no pudo seguir abasteciendo las primeras líneas, cuando las familias negras se habían extinguido en número suficiente como para dejar de ser un recurso militar, aparecieron los pactos de pacificación y la construcción de un país que se pensó blanco y europeo.
Las guerras argentinas fueron, en este sentido, un genocidio metódico y silencioso. No hubo cámaras de exterminio ni decretos explícitos, pero sí una práctica constante: enviar a los afrodescendientes a morir en las batallas más sangrientas, negarles ciudadanía plena y luego borrar su memoria de los relatos oficiales. La extinción de la población afroargentina no fue un accidente demográfico, sino el resultado de una política implícita que convirtió la guerra en un mecanismo de eliminación.
Hoy, cuando se habla de diversidad cultural en la Argentina, se hace foco en el encuentro de inmigrantes europeos con los pueblos originarios. La raíz africana, en cambio, quedó sepultada bajo capas de silencio. Recordar que las guerras de independencia y las guerras civiles fueron también un genocidio afro es un acto de justicia histórica que aún no prendió en las estructuras culturales del país. Ni siquiera entre los intelectuales del falso progresismo radicalizado. Porque sin esa memoria, la épica nacional se sostiene sobre una mentira: la de un país que se construyó con la sangre de quienes nunca fueron reconocidos como parte de él.
El 3 de febrero, fecha que recuerda las batallas de San Lorenzo (1813) y la Caseros (1852) sigue ganando puntos en la competencia por adjudicarse la condición de jornada especial para destacarse como Día de las Vergüenzas Nacionales.







