¡Bienvenidos, nuevamente, chochamu'! Cayó el "call center" de la sextorsión que operaba desde el zobolaca.
Se hacían los «productores de moda» por Instagram pero eran tumbies con el número de sopre de tatoo en la frente. La Poli de la Ciudad les cortó el wifi y los sacó de paseo con las pulseras gemelas.
Baten que, como en las unidades de Sierra Chica y Merlo el aburrimiento cala hondo, estos corchos no se dedicaron a tallar jabones. Se montaron una curroffice, pescando pibas por redes con la saraza de la fama y la pasarela. Final del desfile: rati pateando la puerta.
Parecía que la maniobra de Cuento del Tío en Red era facilonga y de manual para estos tirifilos. Se creaban perfiles de «productores» top en Instagram y TikTok y de ahí salía el anzuelo. Contactaban chaboncitas —muchas todavía con el guardapolvo en la mochila— y les prometían el estrellato: «Necesitamos modelos de ropa interior», boqueaban los mandriles.
Taquelós.
Las péndex, con la ilusión a flor de piel, mandaban las fotos. Y ahí, cuando el material ya estaba en el teléfono del capitán del Crucero de la Sombra, cambiaban el guion. De la propuesta de laburo, pasaban a curtir amenaza pura y dura: «O hacés una videollamada hot o estas fotos las ven tus viejos y todos tus compañeros del cole». Alta mugre.
Entonces viene el doble juego del Episodio 2, donde los lacras oscilan de «Productores» a «Ratis truchos», licuando bochos, caiga quien caiga con los videítos. Estos cachivaches usaban esas mismas fotos para armar perfiles falsos y cazar incautos. Cuando algún «ganas de pasarla bien» mordía el anzuelo, aparecía la segunda parte del show: Los fisura llamaban haciéndose pasar por comisarios, le decían al tipo que estaba hablando con una menor y le pedían una «colaboración» en efectivo para no armarle la causa. Resultado: El asustado ponía la tarasca y los vagos festejaban con asado y tetra en el pabellón.
Y fin de joda, al fin. Los garcó la DITE. Es la La División Investigaciones Tecnológicas Especiales. Con el aval del fiscal Ichazo, les venían siguiendo el rastro digital. El operativo fue un «caigan de sorpresa». Allanaron las celdas en Sierra Chica y Merlo y pintó un bonito botín:
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Celulares por doquier (donde guardaban los «archivos del horror»).
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Anotadores con los nombres de las víctimas y las cuentas para cobrar.
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Dispositivos de almacenamiento a pura prueba.
El cerebro de la banda (cerebro… bueh) se creía un académico de la estafa. Ya le habían dado un viaje por lo mismo cuando estaba en la Unidad de Olmos. Por entonces, unas minusas cobraban los giros. Esta vez, tiró los dados y le salió barraca. A seguir pegados. Éstos, ahora, tienen tiempo para cranear nuevas «producciones de moda». Trascendió que ya diseñan pijama cebra haute couture para el gayolaje internacional.








