Cayó la banda de los Robamotos, más rochos que rueda de auxilio en trineo.

Dispusieron de la Ciudad como pista de pruebas, armados hasta las cejas. Con tope, obvio. Y el que creyó que la partida venía regalada, que pida brújula porque quedó a contramano del sentido común. Sí, cayó la banda de los Robamotos, papu. Un catervón de chorizos ruteros, con más antecedentes que la parrilla de Pippo.
Treinta y tres currinis al sobre, en un operativo picante no disponible en Netflix. Treinta y dos allanamientos simultáneos, más de 700 ratis en la calle, armas, rofies, cachivaches, celulares, y motos chorizeadas que parecían salidas de un catálogo berreta del inframundo. La cana jugó en bloque, al hueso, con GPS y bajo las cámaras: toda la facha. Hasta el ISSP* fue bunker de operaciones con pantalla gigante y yerba mate.
La serie arrancó con un pavo teen (18) que se mambeó de rápido y furioso cruzando Puente Alsina sobre moto afanada. Lo bajaron, le secuestraron rodado y fono. ¿Y qué pasó ahí? Maaamita… ese celu cantó más que el loro del conventillo. Al tirar del hilo, saltó una simpática red de afanancios que hacían delivery de miedo: algunos marcaban, otros robaban, otros desarmaban, y otros vendían. No, bolú, no hablo de la Scaloneta. Alto timing y re prolijitos: una PyME del choreo.
Se les imputa más de 140 traqueos de motos a mano armadísima. ¿Improvisados, dijiste? Pelá: si la víctima no entregaba rápido, estos teresos le daban un cuetazo en la gamba sin titubear. Venían desde Lanús y Lomas como si la General Paz fuera autopista al botín. De adueñarse del pavimento, a un final de engrampe.
¿Qué se secuestró? Tome nota, Gambarotta: 20 motos, 5 autos (epa! incluyendo una Amarok y un Sandero, eh!), 53 celulares, y un arsenal digno de narcolombo en guerra con el cartel del otro barrio. Pistolas, escopeta, rifles, armitas tumberas, municiones y un zoológico de herramientas para la vida en Chorilandia. Y atenti al toque artesanal: una yuga, una tijera corta pernos, estéreos, cédulas truchas y hasta un carburador. El universo operativo del hampa sorprende por lo vasto.
La cana ya junaba hasta por nombre de pila a varios de estos lacrines ahora archivados, con prontuarios tipo lista de espera del hospital. Ahora van todos en fila a cantar frente al juez De Campos, que metió prórroga de jurisdicción para que no quede ni un tornillo sin revisar.
¿Qué dijo Max Piñeiro, secretario de Seguridad porteño? «Esto era una asociación ilícita de gran violencia». Una runfla con manual de operaciones, mapas de zona caliente y el corazón frío. Robaban, cobraban, tiraban y revendían motos como tortas: a veces entera y otras, en porciones. Nunca sin violencia, cero código, al criminal estilo del falopa mal jugado, sin esa gota de honor que parecían reservarse los ladrones cuando eran humanos. Pero hoy parte de la historia parece haber cambiado. Donde haya una moto con dueño, no habrá traca que aguante la ley.










*Instituto Superior De Seguridad Pública
