Segunda entrega de la Enciclopedia del Colectivo, aún en la etapa del nacimiento de un servicio que le cambió la vida urbana. Aquí y en todas partes.

Antes de que existiera el colectivo como lo conocemos hoy, en Buenos Aires, la mayoría de la población se movía sobre rieles. A principios del siglo XX, el ya experimentado tranvía conectaba muchos barrios con el centro y marcando el ritmo de la ciudad. Y se produce aquí un vaivén entre lo que fue y debió ser. Alguien consideró que había cierta rigidez de recorridos y que su dependencia de la infraestructura fija no lograba responder con agilidad a una metrópoli en expansión. ZAmbulléndose en un error estratégico a futuro y en medio de lo que se consideró una necesidad (todavía se discute), apareció el colectivo.
En 1928, un grupo de taxistas necesitados de equilibrar la crisis suscitada por la baja demanda, decidió probar algo nuevo. En vez de esperar pasajeros individuales, comenzaron a levantar varios a la vez en trayectos fijos. Compartir el viaje permitía bajar la tarifa y mantener el ingreso. A esa experiencia se la llamó “taxi colectivo” y muy pronto se volvió masiva.
Los recorridos iniciales eran simples, nacidos del ingenio más que de la planificación estatal. No había paradas formales ni horarios fijos. El boca a boca, la necesidad y el sentido común organizaban el servicio. La idea prendió de inmediato, especialmente en barrios donde el tranvía no llegaba o lo hacía con poca frecuencia. En menos de un año, el fenómeno se había extendido a buena parte de la ciudad.
El colectivo era más chico, más versátil y más barato. Donde no había rieles, había bondi. Y donde los pasajeros necesitaban llegar, el bondi los llevaba. En sus primeros tiempos, estos vehículos eran adaptaciones de autos grandes y camiones, pintados con esmero y decorados con frases en lunfardo o devociones religiosas. Cada línea tenía su impronta, su color y su lógica barrial.
La popularidad del sistema obligó al gobierno a intervenir y regular. Con el tiempo, las líneas se numeraron, los recorridos se estandarizaron y las unidades pasaron de la informalidad a ser parte del transporte público reconocido. Así nació un modelo propio, diferente a los de otras ciudades del mundo. Ni ómnibus de gran escala ni taxis individuales: el colectivo argentino se instaló como una tercera vía.
Y si bien el tranvía terminó desapareciendo en los años sesenta, el colectivo no solo lo reemplazó, sino que lo superó. Lo hizo con una identidad fuerte, una estética particular y una forma de operar que fue mutando pero nunca perdió su cercanía con la gente.
Hoy el colectivo sigue siendo el heredero de esa época de transición. La discusión acerca del apuro argentino por eliminar el tranvía, un transporte que no contaminaba y generaba la En él conviven la invención de los pioneros, la transformación urbana y la memoria de una ciudad que aprendió a moverse sobre cuatro ruedas, sin necesidad de rieles.



















































