Manuel Bernárdez – 1871 – La fiebre amarilla

Pordiario5

Jul 30, 2014

Por primera vez en toda la red, la crónica en tiempo real que faltaba acerca de la más trágica epidemia de la historia de la Ciudad de Buenos Aires. Manuel Bernárdez, por momentos, es muy realista. Los tiempos y espacios no indican necesariamente la coetaneidad del autor con la desgracia descripta. Sin embargo, bien pudo haber recogido testimonios a lo largo de muchos años, debido a la edad infantil de Bernárdez en el momento crítico y a su ausencia, ya que partió de España hacia Sudamérica recién en 1873, cuando tenía 6 años.  Alvaro Abós y el diario El Tribuno, de Salta lo dan por Gaditano, mientras que la inefable wikipedia lo tiene por nacido en Vilagarcía de Arousa, Galicia. Gallego o andaluz, nos legó un gran relato. A disfrutarlo. Carlos Allo.

fiebreamarillaDurante dos meses, la fiebre amarilla había azotado el Paraguay —y luego Corrientes—sin conmover mucho a Buenos Aires. A mediados de enero empezaron a circular aquí rumores alarmantes; pero un médico demostró —en los diarios, que todo lo sufren— que sólo se trataba de una fiebre icteroide. Hasta que, a principios de febrero, se denunció netamente la presencia del vómito negro en el barrio de San Telmo. El joven doctor Wilde, nombrado médico de los pobres en aquella parroquia -y que se portó admirablemente durante la epidemia—, creó un lazareto en el sur e hizo desalojar las manzanas inficionadas. Pasaron algunos días; y, afirmándose por los diarios que el mal estaba “dominado”, las únicas comisiones que en esa semana trabajaron “febrilmente” fueron las del carnaval. Aunque numerosos casos esporádicos habían sido comprobados en varios puntos de la ciudad, no pudieron contenerse los excesos carnavalescos. Con todo, los cascabeles de Momo, como entonces escribían los gacetilleros, no lograron apagar los dobles de las campanas; y el domingo 26, dedicado al “entierro” del carnaval, los que positivamente resultaron enterrados, fueron veinte y tantos calenturientos. Se suspendió la apertura del Colegio Nacional y de las escuelas. Asimismo, no cejaba aún el espíritu de indolencia e incuria; para disfrazar la inercia edilicia, se estableció que la enfermedad “sin carácter epidémico ni quizás contagioso”, estaba circunscrita a los barrios de San Telmo, San Cristóbal y Concepclón. cebándose allí mismo “sólo en los conventillos». Pero la realidad abofeteaba el optimismo aristocrático; caían ya víctimas, si bien aisladas todavía, en otros puntos que los citados y en otros grupos que los proletarios. La epidemia ganaba terreno diariamente.

La población, desprovista de municipalidad regular, librada a una comisión desautorizada, emanación de un gobierno provincial sin energía ni prestigios, se sentía desamparada, inerme ante el peligro…

Entonces, al solo impulso de la prensa y con acuerdo general, prodújose un movimiento de solidaridad popular… Héctor Varela, pues, discurrió esta heroica “orionada”: juntar al pueblo en la plaza de la Victoria, para que de ese plebiscito surgiera una junta de salud pública que asumiese la defensa sanitaria del municipio. Así nació, el 14 de marzo, la “Comisión Popular” que, anunciándose con tales orígenes como una behetría, resultó ser, a pesar de los inevitables abusos y errores, un núcleo de fortaleza y cohesión, una fuente abundante de auxilios materiales, y, sobre todo, un llamamiento incesante y eficaz —pues disponía de la prensa unánime a la caridad pública y al cumplimiento del deber. Figuraban en la lista aclamada los nombres más respetados o queridos de Buenos Aires: era presidente el enérgico Roque Pérez, que cayó al pie de su bandera humanitaria; eran vocales: Adolfo Alsina, Carlos Gómez, Guido y Spano, Irigoyen, Mitre, Quintana, etc. Verdaderos tribuni plebis, sin mandato oficial, sin relación, al principio, con el gobierno, al que no atacaban ni acataban, llegaron los comisionados populares a concentrar en sus manos todos los medios de resistencia contra el flagelo. Fue una dictadura de beneficencia, con las formas draconianas que las circunstancias exigían. La prensa vino a ser el pretorio de esa justicia expeditiva: pedestal de los generosos o valientes, picota de los egoístas y desertores. Un miembro de la comisión fue públicamente destituido por faltar a tres sesiones consecutivas. Se devolvió con afrenta a cierto millonario antonomástíco su óbolo irrisorio. Imperaba una arbitrariedad obsidional, el régimen implacable de una plaza sitiada: Salus populi, suprema lex.

Gradualmente. desde mediados de marzo, el cuadro fue cobrando cada vez tintes más sombríos. La mortalidad crecía al paso que la ciudad se despoblaba. El éxodo se hizo general cuando se comprobó que, al contrario del cólera reciente, la fiebre no se alejaba de la costa, quedando indemnes las regiones mediterráneas. Por el consumo de la población, se deduce que, a fines de dicho mes, ésta no alcanzaba a sesenta mil almas; solamente en abril, pasaron de ocho mil las defunciones: cerca del 14 por ciento. Como en un gran cuerpo herido que va perdiendo por partes el calor vital, en la ciudad enferma, uno por uno, los órganos activos rehusaban el servicio. Después de los sospechosos saladeros, que de orden superior interrumpieron sus faenas, fueron cerrando sus puertas, por falta de elementos, las principales fábricas. Cada día señalaba un nuevo paro. Siguiendo a las industrias, se paralizaron las instituciones. En abril, habían dejado de funcionar sucesivamente: las escuelas y colegios, los bancos, la bolsa, los teatros, los tribunales, la aduana, etc. Los gobiernos nacional y provincial decretaban la feria de sus oficinas, fuera de no dar personalmente el presidente ni el gobernador, ejemplo de heroísmo. Los pocos periódicos que pudieron subsistir salían por tanda. Las casas de negocio se entreabrían algunas horas; ciertas provisiones escaseaban en los mercados; y la población entera hubiera sufrido el hambre, a no sobreponerse a todo la otra sacra fames, superior al terror de la muerte. Durante una semana, las lluvias diluvianas acrecentaron las escenas de horror: los “terceros” del sur, torrentes callejeros, nos enseñaban brutalmente las miserias de los suburbios inundados, arrastrando en su carrera airada por los barrios centrales, maderajes, muebles, detritos de toda clase, hasta cadáveres. La población, más que diezmada, había dejado de contar sus desaparecidos. Ya no eran coches fúnebres los que faltaban y tenían que suplirse con carros abiertos, sino carreros que aceptasen la espantosa tarea. Intereses, deberes, vínculos sociales y acaso carnales: todo se había destemplado y relajado en ese general menoscabo de la vida… Por centenares sucumbían los enfermos, sin médico en su dolencia, sin sacerdote en su agonía, sin plegaria en su féretro. Tal era el pánico reinante, que un escribano cobró fama y dinero comprometiéndose públicamente a realizar esta hazaña jocomacabra; redactar testamentos, aun de “febrífugos” (¡sic!). En la ciudad desierta, casi sin policía, la bestia humana, suelta, rondaba las calles, husmeando la presa. A veces el crimen no esperaba la noche, su habitual cómplice: los diarios dieron cuenta de asaltos perpetrados en pleno día, en la calle Florida. Andaban bandidos disfrazados de enfermeros: y se denunció con horror el caso de un médico —extranjero—  que robó 9.000 pesos.

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Manuel Bernárdez (Cádiz 1867—Montevideo 1942). Escritor, diplomático y político uruguayo, vivió doce años en la Argentina y escribió los libros De Buenos Aires al Iguazú (1901) y La Nación en marcha (1904) del que se ha tomado “La fiebre amarilla».

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